Lecturas: La obsesión por el traidor

 

Releyendo viejos mails me encontré con uno del 2007 a raiz de la huelga del sindicado de trabajadores de la educación de Neuquén (ATEN), escrito dos semanas después del asesinato de Carlos Fuentealba, que contiene una vigorosa y vigente crítica a los comportamientos de las sectas afiliadas a las diversas Cuartas Internacionales. Su autor es Bruno Galli, profesor de Historia y miembro de ATEN. Respetando el concepto global transcribo algunos párrafos:

La obsesión por el traidor (Patología del trotskismo y otras vanguardias afines)

A diferencia de muchos, nosotros no creemos ni en los burócratas ni en los traidores, aunque sí en las brujas. Y que en Aten las hay, las hay. Por eso no da para que en cada lucha tengamos que escuchar 10 acusaciones de traición por segundo, como si el gremio fuese un criadero de vampiros que engordan merced a las escuálidas ubres de las maestras. ¿Qué mal les aqueja a los “compañeros” de los partidos de izquierda y otras agrupaciones? ¿Podrán revisar ciertos prejuicios sin incurrir en pecado de revisionismo? ¿Asumirán una crítica sin vivirla como un trauma similar al que supone una conversión religiosa? No somos optimistas. Con ellos es difícil debatir en serio: discutir, incorporar, refutar, aprendiendo del otro e intercambiando opiniones divergentes sin necesidad de tildar al otro de “reformista” o “forro de la burocracia”. Igual esperamos se inicie una reflexión con el fin de abandonar ciertas prácticas que conspiran contra sus intereses, que en algunos casos son también los nuestros. Pero si ello no fuera posible, y si acaso primase la esterilidad, queda el testimonio de que un sector, compuesto por dos militantes, por lo menos se lo hizo saber.

Tener la conducción de un sindicato puede ser un buen negocio muy rentable. De hecho, la gran parte de ellos son organismos putrefactos, que sólo sirven para enriquecer a sus dirigentes o son usados como trampolín político para algún futuro puesto político que los una. En la mayoría de ellos no hay oradores, ni asambleas, ni distintas listas, ni seccionales de ideologías diversas, ni críticas a la conducción, ni dirigentes que luego de cumplir su mandato vuelvan a laburar. Y ni siquiera se vota un plan de lucha porque rara vez lo hay. Si de casualidad hay paro, lo decreta el dirigente por celular, lo anuncia por los medios de comunicación, lo garantizan sus matones, y al que no le gusta palo y a la bolsa. La huelga se termina cuando el capo mafia arregla con la patronal en cuestión. Y después todos callados a laburar como si nada hubiera pasado. En estos sindicatos la izquierda no suele tener cabida, y si de ojete tiene a un militante infiltrado, éste suele ocultar su filiación política por temor al inmediato despido o las trompadas, más veloces aún que cualquier telegrama. Si bien es cierto que en Aten se incurre en algunas detestables maniobras (sobre todo a la hora de presentar las mociones y en el recuento de los votos) que éstos y otros eventuales gestos burocráticos existan no nos habilita a hacer extensiva la calificación a todo el gremio ni a su conducción, mucho menos si se los compara con el resto de las burocracias sindicales que hemos descrito más arriba. De hecho no existe organización puramente democrática. Y es por eso que un balance debe ser ecuánime, tomando la totalidad de los elementos y no juzgando jamás en abstracto. Y prueba de en Aten la cosa no es tan grave es el hecho de que buena parte del progresismo y la izquierda vernácula terminen, de una u otra manera, participando allí. Sí, en Aten se puede participar.

Tan es así que podemos enumerar ciertos rasgos que son propios de este sindicato, como su predisposición a la lucha, sus vínculos con organizaciones hermanas, la permanente combatividad de su militancia, su nutrido activismo con recambio generacional, su democracia interna o su constante oposición a los gobiernos de turno. Y a pesar de esas infundadas acusaciones de corporativismo (¿qué gremio no es corporativo?) también es cierto que Aten no se preocupa únicamente por las cuestiones salariales y económicas sino que es un sindicato con marcado carácter político: abarca las cuestiones educativas generales pero también interviene en otros campos (2302, derechos humanos o reforma constitucional, por citar algunos ejemplos). Pero si es extensa la lista con las virtudes atenienses, hoy sin embargo queremos destacar otra cosa que también define al sindicato, y es que Aten posee una gran base de maestras y profesores que, afiliados o no, se sienten representados por su organización. Y tan representados se sienten que participan en ella, que son la organización. Pues si hay algo que el gobierno, los medios de comunicación y la sociedad neuquina finalmente admitieron es que, en este punto, el gremio docente es distinto a los otros sindicatos burocráticos que pululan por ahí.

Lo entendieron todos, todos menos la izquierda. Y es que la diestra no ve que cuando se habla de ATEN se hace alusión a todos los docentes, o por lo menos a gran parte de ellos. Cuando se oye que ATEN corta las rutas o que ATEN llama al paro se está haciendo mención a los docentes en general. Tan es así que gran parte de la sociedad neuquina repudia a los docentes en su conjunto y no únicamente a sus gremialistas. En el imaginario social son todos los docentes los que son vagos, faltadores, usadores compulsivos de licencias, zurdos y que más encima cobran bien. Y en algunos casos tienen razón. Ladran Sancho, señal que traicionamos. Un fantasma recorre Neuquén, es el fantasma de la traición. ¿A qué se debe esta histeria colectiva que amedrenta a buena parte del activismo neuquino? Varias son las razones. Desmenucemos sólo algunas:

1) En la lógica binaria de la izquierda, todo aquel que no siga la política x del partido revolucionario x está boicoteando, frenando o traicionando la lucha. Esto sucede porque ellos (el partido x) se ven a sí mismos como los únicos que encarnan la verdadera política revolucionaria. Ellos son la revolución. El resto de la sociedad se divide entre dos clases de enemigos: burgueses y burócratas, ambos en constante contubernio para engañar y frenar el empuje emancipatorio de la sociedad. Reza la sentencia: “La sociedad quiere pelear, el tema es que tiene direcciones traidoras que la frenan”.

Y fíjese usted cómo funciona la misma lógica pero en el caso contrario: Cuando efectivamente las bases luchan al ritmo de las conducciones son éstas últimas las que son arrastradas por el deseo irrefrenable de aquellas. Las bases les arrancan el paro a las dirigencias, las obligan a luchar, pero nunca jamás es al contrario, nunca son las dirigencias las que movilizan a las bases, pues admitir ello implicaría aceptar que puedan haber direcciones realmente combativas por fuera de su organización. Y eso, para la izquierda, es inadmisible. Por ello es que siempre piensan que los dirigentes de Aten traicionan a las bases aunque la realidad desmienta tal postulado: en Aten son las direcciones combativas y el gran activismo que se nuclea en torno a ellas las que movilizan al conjunto de los docentes. Rara vez es a la inversa.

Pero no, no hay caso. De hecho, la izquierda tiene preparadas las acusaciones de traición, incluso antes de que aparezcan las traiciones. Es que si hay algo que le sirve a la izquierda ése algo son los traidores. Sin traidores se queda sin razón de ser, desaparece, no puede intervenir políticamente. ¿Por qué? Porque si no hay traidores no hay motivo que explique que las masas no salgan a luchar. Si no hay traidores tampoco hay excusa para que las masas no se sumen a sus partidos. El traidor cumple así una doble función: por un lado los consuela de la efectiva apatía de la sociedad, por el otro, les oculta sus propias impotencias y fracasos ante ella. Por supuesto que en esta lógica jamás cabe pensar que la gente no quiera luchar permanentemente, que no quiera la revolución que ellos quieren y que no los quiere a ellos tampoco. ¿Por qué?

2) Porque en este enfoque simplista y cargado de voluntarismo, la izquierda cree que las bases son natural y ontológicamente revolucionarias. Nacieron para luchar contra el sistema y la burguesía, pero algo se los impide: la burocracia, el estalinismo y los socialdemócratas, en suma, los traidores. Esa es la única razón que explica que una maestra no quiera voltear a Sobisch para imponer las demandas de toda la clase trabajadora. De esta manera, falsean la realidad cuando le adjudican deseos e intenciones políticas a unas bases que no las tienen: los docentes quieren aumento salarial, además quieren voltear a Sobisch, e inconscientemente quieren el socialismo, lo que sucede es que al no saberlo, son las propias conducciones burocráticas las que obturan ese deseo, retrasan la toma de conciencia y frenan cualquier acción tendiente a ese fin. Jamás verá la izquierda que a veces son las propias bases las que no quieren pelear, o que no quieren ir tan al “fondo”.Y menos podrá entender que amplios sectores del activismo, la militancia o la vanguardia tampoco quieran ir más allá (ese destino que, ellos dicen, objetivamente las circunstancias demandan). Cuando eso sucede, y las bases o el activismo se “frena”, o se cansa, o simplemente no quiere, entonces hay traición o capitulación. Hasta tirar a Sobisch no paramos, y el que no nos sigue nos traiciona.

Pero dadas así las cosas, el reconocer que las bases no son ontológicamente revolucionarias y que la culpa no es exclusiva de las direcciones, implicaría asumir además otra situación profundamente desmoralizante para el militante: conllevaría aceptar que hay razones más profundas que explican esta situación pasiva de la sociedad que no quiere tirar a Sobisch y que éste no es tan débil como parece, y que entonces la solución a ello supone políticas más complejas (quizás a largo plazo) que las simples arengas para luchar en el momento. Admitir esto también conllevaría renegar de esa abstracción típica de la izquierda que dice que el problema de la revolución es puramente subjetivo, o que es, para decirlo en su jerga, la crisis de su dirección revolucionaria. Implicaría, por ejemplo, responderse por qué siempre las bases docentes aceptan “sumisamente” las políticas moderadas de las conducciones o por qué tienen esas conducciones traidoras y no intentan sacárselas de encima siendo que constantemente van en contra de su espíritu de lucha. O por qué se burocratizan las organizaciones o qué mecanismos genera la sociedad para favorecer y alentar el surgimiento de las burocracias. Concretamente, por qué la sociedad neuquina “tolera” al MPN desde hace más de 40 años. En fin, desterrar ciertos dogmas nos enfrenta al problema de resolver problemas para los que no tenemos respuestas rápidas, y mucho menos acciones.

3) Una cosa más. Para que dejen de tratarnos como boludos no está de más recordar que es esta misma lógica la que subestima la capacidad de reflexión de las bases toda vez que siempre se dejan frenar, engañar y traicionar por los burócratas sindicales que las conducen. ¿Quién quiere gente así, tan sumisa y obediente, que al primer grito o maniobra de un burócrata abandona la lucha y se va a dormir a su casa? Sucede que en el fondo, las organizaciones de izquierda sostienen la misma concepción de las masas que tiene la burguesía: la de que el pueblo es un rebaño de ovejas, y debe seguir siéndolo. En el sistema capitalista, es rebaño para su propia explotación. En una situación revolucionaria, para su liberación. Pero siempre dirigida, guiada previamente desde afuera, nunca reconociendo que una emancipación debe ser obra de los mismos sometidos. ¿Y esa concepción que subestima a las bases acaso no es el germen de la burocracia? Sí también es burocracia. Paradojas: El fantasma del traidor se alimenta más cuando la política de esos partidos y agrupaciones no tiene aceptación en las bases. Y resulta claro que más fácil es adjudicarle el fracaso a un tercero que asumir la esterilidad de las políticas propias.

4) Otro axioma que atraviesa todas las acusaciones de traición: la asimetría real que existe entre los intereses de un sindicato y los de un partido revolucionario. Llega un momento en donde profundizar la lucha para un gremio significa cosas distintas que para una organización revolucionaria. Los gremios (y sus afiliados) pueden no querer voltear al gobierno e instaurar una asamblea constituyente, sino conseguir mejoras parciales (económicas y políticas). Los gremios, en este sentido, siempre serán vistos por la izquierda como organizaciones reformistas, corporativas, transitorias, limitadas, que quedan truncas a la hora de los bifes. Pero esto se debe a que la izquierda misma concibe a los sindicatos únicamente como medios para conseguir sus fines superiores, fines que sólo pueden ser verdaderamente alcanzados a través del propio partido. Exacerbado narcisismo. Deseos y objetivos diferentes definitivamente no podrán ser armonizados. Entonces debiéramos reconocer que la izquierda puede luchar mancomunadamente con los sindicatos, pero sólo hasta un cierto punto. Tarde o temprano llegará la inevitable bifurcación: luego el partido será sacralizado arguyendo de que es el único que aspira a la política grande. Así fue escrito, así será. ¿Y por casa cómo andamos?

Dejemos de lado el problema de la propia burocratización de los partidos de izquierda que siempre tienen a los mismos dirigentes y que sus bases acatan la política como si de mandamientos se tratara. Obviemos este detalle y preguntémonos: ¿Por qué la figura del burócrata se troca tan rápidamente por la del traidor? Porque el traidor opera como el referente negativo que todo militante de izquierda requiere para su conformación como tal. A la izquierda le urge la figura del traidor incluso más que la del chancho burgués. En el traidor se depositan los odios y la causa de todos los fracasos. Él es el responsable de todos los males. Y esta imperiosa presencia se evidencia en el hecho de que resulte tan caro hablar de esto con los compañeros, justamente porque repensar la figura del burócrata o del traidor hace entrar en crisis toda una construcción (intelectual y emotiva) que buena parte de la militancia sostiene férreamente. El traidor es el combustible que nos permite seguir actuando, y a la vez oficia como un velo que oculta nuestra impotencia.

Así, es Aten (traidor y burócrata) el que no quiso tirar a Sobisch, y para nada se interpela por la responsabilidad de la sociedad entera, que nuevamente ocupará el sitio de engañada y frenada en sus deseos, siempre revolucionaria por naturaleza, pero nuevamente traicionada. “¡Ahí está Aten, nuevamente traicionando, negociando con la sangre del compañero!” Con argumentos morales y emotivos, la izquierda hace lo que ni el propio gobierno se atrevió a hacer: Cargar el muerto sobre la espalda del sindicato. La lógica del traidor sigue vigente. Y por supuesto que la traición y los traidores ya habían sido denunciados previamente. Y esa suprema claridad sirve como argumento adicional para sumar militantes. “¡Viste que era verdad que había traidores! ¡Ya te lo habíamos avisado y vos no me querías creer!” Desde el principio habían estado esperando que la burocracia asomara, cuando por fin aparece y una vez que la ven actuando, entre la bronca y el regocijo, se preparan para el gran momento: se confirman los pronósticos, ha llegado el momento del combate, para eso estuvimos preparándonos, es hora de salir a diferenciarnos y jugar el rol histórico para el que hemos sido llamados. Esos son los momentos críticos en los que peligra el sindicato. Mire cómo son las cosas. Tan entusiasmados estaban con la huelga general y tanto odian a la burocracia de ATEN, sin embargo durante esta larga huelga a ninguno de ellos se les ocurrió probar con un sencillo experimento: ir a volantear a las petroleras, a los taxistas, a las obras en construcción, a los empleados de comercio, a los barrios del Oeste. Pero volantear en serio, quedándose a charlar, insistiendo, explicando pacientemente a los trabajadores que había que echar a Sobisch para imponer nuestras demandas, y todo eso. Si la dirigencia de Aten no quería hacerlo, tendrían que haber sido ellos los encargados de hacer el llamamiento popular a la insurrección. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Qué hubiera sucedido? Nada. O mucho. Primero habrían conocido a la verdadera burocracia sindical, y en más de algún lugar los hubieran corrido a patadas. Segundo, habrían corroborado la apatía del movimiento obrero, y habrían tomado conciencia de que las masas no querían tirar a Sobisch, que muchos trabajadores cobran un buen salario y que con eso les alcanza. Y por último, como frutilla del postre, se habrían desayunado que buena parte de la gente tampoco simpatiza con la causa docente.

Resumen: Habrían cotejado lo lejos que está la población de algo así como una huelga general o una pueblada, certificando la eficacia del neoliberalismo y de 40 años de MPN, de redes de punteros y subsidios, medios de comunicación, etc., etc. ¿Será por todo esto que no fueron? ¿Será por eso que prefieren descargar sus impotencias sobre la “burocracia” de Aten?

La Gallina de los ovarios de oro

Lamentablemente este discurso de la burocracia y los traidores ha prendido en buena parte de la militancia y de los docentes en general. Incluso en los compañeros de la llamada “base”. Este discurso lleva inevitablemente al debilitamiento del gremio. Y uno les dice a los compañeros que un gremio débil y dividido no le conviene a nadie. Pero últimamente también hay que poner en duda eso. Y es que justamente por esta misma lógica sectaria, narcisista y antidemocrática, a la izquierda, a veces, le resulta indiferente el resultado final de un conflicto, o que el gremio docente reviente en mil pedazos. Siempre que a cambio de esto integren unos cuantos militantes a sus filas, grupo al cual ya habrán santificado con el rótulo de lo mejor de la vanguardia docente. A pesar de una derrota y un gremio desmovilizado, desde esta óptica, si lo mejor de la vanguardia se integra al partido, resulta de ello que el proceso revolucionario general habrá sido positivo, ya que ellos son y serán el motor del proceso revolucionario. Importa poco que sea a costas de fracasos, rupturas, desmovilización o bolsillos vacíos. Lo importante es el partido.

Pero para nosotros, que también somos militantes, el resultado de este conflicto no nos es indiferente. A nosotros sí nos sale caro que ellos crean que son la encarnación viviente de la emancipación de toda la especie, un anticipo de ella, su fuerza motora y los portavoces de un destino necesario. A nosotros sí nos sale caro, y tenemos que evitarlo a toda costa. Porque nosotros sí sabemos del rol absolutamente progresivo que juegan los gremios como Aten, que a pesar de no ser “revolucionarios” no por ello son burocráticos. Para nosotros Aten no es la fuente de todos los males ni el segundo enemigo después del enemigo. Tenemos entonces que reflexionar. Porque la izquierda no valora en su justa medida el gremio docente neuquino. No ve que es uno de los sectores más combativos del país, que es vanguardia de luchas políticas, económicas e ideológicas. Que fomenta la conciencia de clase en sus afiliados, que también es un gremio de izquierda, pero sumamente vital, en donde conviven distintas tendencias y que es gracias a las luchas docentes que la izquierda alcanza un mínimo protagonismo. Y por supuesto, también pensar que si acaso el gremio tiene estos rasgos algo también se deberá a sus conducciones “traidoras” y “reformistas”.

Aten es uno de los núcleos de la lucha neuquina y fue vanguardia política en infinidad de oportunidades. Durante mucho tiempo fue un oasis en el desierto neoliberal. Su aporte a la cultura de la izquierda argentina todavía no ha sido estudiado en profundidad. Poco falta para que sea valorado en su justa medida. Pero la ceguera y el narcisismo, las frustraciones trasladadas en el otro y el sectarismo patológico de algunos pueden llegar a generar un efecto contrario al buscado. Por arrogarse el monopolio de la lucha, quizás el peor mal que pueda cometer la izquierda es constituirse en un freno para ésta. De seguir así terminará dilapidando una gran fuente de riquezas, de la que ni siquiera tiene noción. Si seguimos por este camino ya de nada servirán que en un futuro no muy lejano se oigan, como quejidos melancólicos, las tardías autocríticas de quienes juran y perjuran que no eran conscientes de estar asesinando a la gallina de los huevos de oro.

Hasta siempre Comandante

Vengo de un país allá lejano en el tiempo donde la camiseta número 10 era solo propiedad de los elegidos. Era el que “jugaba bien”, el mejor de todos, en la calle del barrio, en la canchita a la vuelta de casa o en la soñada cancha de once.

Vengo de un país allá lejano en el tiempo donde se le gritaba “¡Burro!” a un rechazador serial de pelotas a ningún destino pero alejándola del área propia o a lo sumo, si era de nuestro equipo, recibía un resignado silencio de “Y bue, viste, es así”.

Vengo de un país allá tan pero tan alejado en el tiempo donde los caños, tacos, sombreros y pisadas eran vistos como normales si el feliz perpetrador de las hoy tamañas herejías llevaba la 10. Es más, entre otras cosas como ganar era por lo que se concurría al estadio.

Vengo de un país tan raro donde al 10 se le permitían dispensas que a otros jugadores no: Podía desaparecer un rato del partido o mostrarse pachorriento porque todos sabíamos que en un instante, en un rapto, podía gambetear a tres rivales y clavarla en el ángulo o a lo mejor solo acariciar el esférico para la entrada de un compañero sin marcas, el “tomá y hacélo”.

Tal era la rareza de mi país que no pasaba por la mente de nadie que el feliz poseedor de la 10 marcase o corriese a alguien. Si los rivales se tenían que preocupar por él mirá si se tenia que preocupar por los otros…

Lo admito, soy de otra generación: Los únicos corredores admirados eran los punteros –especie ya extinta hace unas décadas-, esos que iban pegados a la raya y toda la platea de ese lado se ponía de pie porque se olfateaba la llegada al fondo y el centro atrás de la muerte.

Y mi generación se transformó en mendiga: De un caño, de un sombrero, de un cambio de frente de 40 metros y al pié del compañero, de un tiro libre con el chanfle perfecto que la veías en el aire a la pelota y se preanunciaba el gol. Hasta en las palabras soy de otra generación: Ahora es rosca, no chanfle.

Y los mendigos del fútbol asistimos domingo tras domingo a lo que no nos van a dar; como el desarrapado que le pide una moneda al conductor de un Mercedes Benz nos cierran la ventanilla en la cara y nos ofrecen nada, que es ese compendio de rechazos con destino Júpiter, gestos tribuneros, pases que se erran estando el próximo de la misma camiseta a no más de 3 metros, remates al arco que los suele agarrar la doña que vive detrás de la cancha, goles en contra del rival festejados grotescamente como si hubiesen sido  producto de una genialidad propia, números 5 que no quitan ni distribuyen, arqueros que no saben lo que es retener una pelota, centro-delanteros que no cabecean… Y la número 10, que ya no significa nada.

El último ejemplar existente en todo el planeta Tierra se va y con él se cierra una época de ese hermoso deporte llamado fútbol. Quedarán los hábiles declarantes, los besadores de camisetas, los conocidos más por sus andanzas fuera de la cancha, los rechazadores, los corredores de la nada, los obedientes, los que no se salen del libreto ni bajo amenaza de muerte. Y también quedarán los aplaudidores de tamañas desgracias disfrazadas como eficacia y simpleza.

Chau Genio, hasta siempre.

La cultura de la insatisfacción

“Es básicamente un movimiento de los contribuyentes estadounidenses -de cualquier partido- que están cansados de la delincuencia y corrupción en Washington, que desconfía de la política de circunvalación que pone a la gente detrás y usa el dinero de sus impuestos tontamente, y quienes están desencantados viendo a nuestra nación marchar en la dirección incorrecta (y darse cuenta que sólo empeora año tras año, sin importar a quiénes elegimos para ser nuestros líderes)”

Parte de la declaración de principios del American Taxpayers Party (Partido Norteamericano de los Pagadores de Impuestos), cercano a los ultra-derechistas supremacistas blancos de las Milicias de Michigan

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En estos días que han regresado violentamente a la arena mediática los indignados que pagan sus impuestos para mantener a vagos y malentretenidos -azuzados por sus titiriteros de los medios de comunicación del establishment- también reingresa en los debates de ciertos sectores del kirchnerismo cool la necesidad de una fuerza política que contenga los reclamos y el “enojo” de este sector y los conduzca por la vía democrática. Lamentablemente, eso no puede ser posible: Esa gente no se ve ni siquiera representada por el PRO, porque sus reclamos no soportan los tiempos electorales de la democracia y tampoco los derechos y garantías de la Constitución. Para que un partido como el PRO los pudiese contener debería abandonar todo barniz democrático y lanzarse directamente a posiciones declaradamente represivas y terroristas, como el Front National lepenista; lo más cerca que estuvo de eso fue en aquel recordado “inmigración descontrolada” pero solo le alcanzaría quizás para ganar en una ciudad como Buenos Aires, no a nivel país. Como lo han demostrado en los sucesos del Parque Indoamericano sólo aceptan como única vía de redención la sangre y la militarización de la parte de la sociedad que no soportan y esto así planteado es insoluble con la misma existencia de la democracia.

Como cualquier pelotudo tiene un blog –lo cual es cierto- entonces me tomaré la atribución de auto-citarme, como perpetra al límite del hartazgo el bueno de José Pablo Feinmann, autor de la frase:

“Hay un porcentaje no desdeñable de nuestra sociedad -de cualquier sociedad- que jamás verá con buenos ojos o al menos con cierta indulgencia todo proceso que conlleve mejoras para los más desposeídos (…). Argentina jamás tendrá una "Comunidad Organizada". El propio Perón lo pudo experimentar en carne propia una vez que la reacción pudo organizarse para sacarse a la negrada de encima. Y con un país que tenía por entonces los más altos índices de ocupación, bienestar general, seguridad y movilidad social”.

El mito de convencer a todos

(…) en amplios sectores de las capas medias hay un deseo apenas oculto que algún día o alguien logrará terminar de la noche a la mañana con el gigante invertebrado. Y no es precisamente un deseo civilizado, que se termine en términos políticos, es decir, porque sea superado dialécticamente por otra fuerza que recoja lo mejor de su tradición sin sus aristas apto para todo servicio, sino algo mucho mas terrible, que es ni mas ni menos que la desaparición violenta de la negrada. (…) Es claro que eso va dirigido a los peronistas malos; a los peronistas buenos hijos del establishment, como Reutemann, De Narváez o Solá, siempre les estará franqueada la puerta de palacio.

El síndrome de la historia circular

Mejor sí hablar de ciertas cosas

Peron-y-la-Triple-A

Una carta

Carta_Dimitris_Cristoulos

“El Gobierno de Tsolakoglou [*] ha aniquilado toda posibilidad de supervivencia para mí, que se basaba en una pensión muy digna que yo había pagado por mi cuenta sin ninguna ayuda del Estado durante 35 años. Y dado que mi avanzada edad no me permite reaccionar de otra forma (aunque si un compatriota griego tomase un kalashnikov, yo le apoyaría) no veo otra solución que poner fin a mi vida de esta forma digna para no tener que terminar hurgando en los tachos de basura para poder subsistir. Creo que los jóvenes sin futuro tomarán algún día las armas y colgarán boca abajo a los traidores de este país en la plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussollini en 1945″

Dimitris Christoulas
Jubilado griego que se suicidó hace pocos días  enfrente del Parlamento de su país

 

[*] Compara aquí al actual gobierno siervo del FMI y los organismos de crédito multilaterales con el encabezado por Georgios Tsolakoglu, colaboracionista de los nazis en la Segunda Guerra Mundial

Desapariciones

galeano

Desaparecidos: los muertos sin tumba,
las tumbas sin nombre.
Y también:
los bosques nativos,
las estrellas en la noche de las ciudades,
el aroma de las flores,
el sabor de las frutas,
las cartas escritas a mano,
los viejos cafés donde había tiempo para perder el tiempo,
el fútbol de la calle,
el derecho a caminar,
el derecho a respirar,
los empleos seguros,
las jubilaciones seguras,
las casas sin rejas,
las puertas sin cerradura,
el sentido comunitario
y el sentido común.

Eduardo Galeano

Extractado de su próximo libro Los hijos de los días

La secta es el opio de la ultra izquierda

Así como para los movimientos que constituyen los embriones de una nueva cultura política de izquierda el contenido es la forma y la forma es el contenido, otro tanto podemos decir de la izquierda tradicional. ¿Por qué este hincapié en la forma? Mi tesis es que no podemos entender cabalmente a la izquierda tradicional tal como ella se autorrepresenta en el discurso de sus proclamas, de sus programas o de sus estatutos partidarios (esto es, se necesita trascender la propia ideología a través de la cual la izquierda se piensa y se racionaliza) y atender a sus formas de organización reales, pues aquí también son estas formas de organización las que prefiguran el orden social que desean construir efectivamente. Nos topamos aquí con la paradoja de que los discursos más radicales, revolucionarios y emancipatorios pueden ser proclamados desde estructuras cerradas, verticales, autorreferenciales, autoritarias y conservadoras.

Para pensar estas formas, más útil que la sociología de los partidos políticos, resulta la sociología de las religiones, es más provechoso pensarlas desde Weber que desde Michels, desde René Loreau que desde Sartori. Me explico: las organizaciones de la izquierda argentina hace decenios que responden mejor a la tipología de la secta, dicho en el sentido sociológico del término, que a la del partido político. En los años 1930 ó 1940, estas formas eran era casi privativas del trotskismo y la extrema izquierda, cuya multiplicación frente a la unidad monolítica del comunismo internacional semejaba la proliferación de sectas protestantes frente a la unidad de la Iglesia Católica Romana. En efecto, el comunismo, aún con sus permanentes purgas, mantenía una férrea organización internacional, jerárquica y centralizada, que administraba el canon de lectura ortodoxo de los textos sagrados de los padres fundadores. Los trotskismos, en cambio, proponían otras claves de lectura, heterodoxas en relación la ortodoxia comunista, pero con un afán de ortodoxia, de lectura correcta: su lectura quería ser canónica, porque la secta quiere devenir Iglesia. Volveré en seguida sobre esto, pero partiendo de esta premisa: en la primera década del siglo XXI ya no hay centros políticos internacionales legítimos, lecturas canónicas que sigan millones de fieles ni iglesias políticas monolíticas: todo el movimiento de las izquierdas ha estallado en una pluralidad de sectas –socialistas, comunistas, trotskistas, maoístas, guevaristas, nacionalistas revolucionarias…– que ya no son patrimonio del trotskismo.

Mi disparador para pensar el problema en estos términos fue una frase de una carta de Karl Marx a Schweitzer, un dirigente alemán de la corriente lassalleana (Marx diría la “secta lassalleana”). Marx dice allí: “Toda secta es, en realidad, religiosa” (Marx a Schweitzer, 13/10/1868). Esto quiere decir que, a pesar de sus manifestaciones exteriores, políticas, racionales y laicas, la secta extrae su unidad, su cohesión y su fuerza de un imaginario religioso que opera de modo inconsciente para sus miembros. A pesar de que en el nivel de lo manifiesto un grupo se llame a sí mismo “partido”, “liga” o “movimiento”, se adhiera a un credo laico y racionalista y se ufane del carácter voluntario, libre y racional de sus posturas o de sus tomas de decisión políticas, puede funcionar y autorreproducirse según el patrón de la secta política, permaneciendo atrapado por un imaginario que es el que otorga efectiva identidad y cohesión al grupo y dentro del cual juegan un rol decisivo los rituales y las ceremonias, la disolución del individuo en el todo grupal, la separación rígida entre el “adentro” y el “afuera”, entre el saber profano y el sagrado, el esotérico y el exotérico, la estratificación interna, el culto sacralizado del líder, la esperanza mesiánica, las figuras del heterodoxo, el desertor y el traidor. Detengámonos brevemente en cada una de estas categorías. En primer lugar, la identidad. Es característico de la secta política su identidad rígida, cerrada, exclusiva. La vida política moderna es rica en ejemplos de interminables querellas de identidad entre sectas que provienen de un mismo tronco, donde el mayor grado de parentesco y proximidad es motivo de mayor agresividad en la disputa por la legitimidad. Las querellas entre hermanos/ rivales suelen alcanzar un tenor no sólo agresivo sino sofisticado, ante las cuales los observadores externos asisten como si se tratase de una pelea de familia, con sus esotéricas referencias a hechos y figuras del linaje familiar. Freud podría haber explicado estas disputas en términos del “narcisismo de las pequeñas diferencias”.

La paradoja de la identidad secta es su aparente fortaleza, que suele legitimarse a través de un complejo sistema doctrinario, pero la identidad de la secta no es fuerte, sino rígida: dentro del sistema de la secta, cualquier diferencia menor ingresa en una dinámica interna imparable, termina por abismarse y por generar un nuevo cisma. La secta racionaliza este proceso de debilitamiento periódico como una “purificación”: “la expulsión de los desviacionistas nos ha cohesionado y fortalecido”. En los discursos partidarios, son frecuentes las metáforas tomadas de la patología: “virus”, “pestes” que inficionan la organización, anticuerpos que reaccionan a tiempo para restablecer un “sano” cuerpo partidario. La nueva secta tomará sus fuerzas de la enorme cohesión que le dio esta lucha desigual y, si sobrevive, reproducirá el esquema al infinito; de donde se desprende que las identidades rígidas, tras su apariencia de fortaleza, esconden en verdad una enorme vulnerabilidad. La lucha a muerte por la legitimidad exige la más estricta disciplina y cohesión interna. La guerra externa se internaliza, pero a su turno se reproduce dentro: aun la más rígida de las estructuras no puede permanecer absolutamente ajena a presiones externas. El conspirador social deviene preferentemente un conspirador interno. En la secta, se vive en un clima de sospecha. La lucha hacia el “exterior” deviene lucha hacia el interior y las querellas intestinas terminan por monopolizar todas las energías de la secta.

La identidad ideal que se forja la secta política implica la cuasi disolución del individuo en el todo grupal. El militante vive su incorporación al grupo como un corte radical en su historia personal: antes y después de haber visto la luz, de haber encontrado un sentido a su vida. Pero lo que desde afuera puede entenderse como alienación del sujeto, como pérdida de su autonomía, para la vivencia del sectario (entendido como el integrante de la secta) esa renuncia es el costo de un acceso a su plenitud total. Los problemas de su identidad como sujetos individuales se suturan en esta identificación absoluta con el todo (conflictos sexuales, afectivos, familiares, dificultades de inserción laboral o profesional, miedos, fobias, etcétera, quedan suspendidos o desplazados gracias a esta posibilidad vivencialmente intensa de proyectarse en esta identidad colectiva ideal: todos aquellos conflictos aparecen al sectario como menores, mezquinos, “pequeñoburgueses”). En suma, se sacrifica la vida privada, pero para vivir intensamente esta hermandad absoluta, que además se ramifica por el mundo. No hay en la secta lugar para el temperamento individual, salvo, claro, para el líder. El líder es el único que puede (parcialmente) descentrarse de ciertos lugares, violar ciertas reglas, reinterpretar sorpresivamente los textos sagrados, cultivar un cierto temperamento individual. La minimización de la propia vida privada queda compensada por la contemplación de la vida del líder, el espejo en que se proyectan los miembros de la secta.

En segundo lugar, la sacralización del saber. Para las sectas de izquierda, el marxismo –esto es, su doctrina– es definido a priori como un saber verdadero opuesto al falso: una verdad que ya es, a la que en lo fundamental hay que interpretar correctamente y que sólo falta llevar a la práctica. No hay lugar para la creación, la recreación, la revisión, la innovación, la crítica en el sentido fuerte del término. La secta es, por definición, conservadora y, en el plano de la doctrina, es inflexible. Todo el marxismo de las sectas se reduce a pura hermenéutica. Lo que en la secta se llama “crítica” no es más que la reacción conservadora del saber consagrado frente a los intentos de “revisión”. La argumentación es escasa y se limita a contrastar las frases de los textos profanos con las frases de los textos sagrados. En estas guerras de citas, no hay diferencia alguna entre las querellas bíblicas de las sectas protestantes sobre la verdadera palabra de Dios y los debates entre grupúsculos de izquierda sobre lo que “verdaderamente dijo” Marx, Trotsky, Mao Tse Tung o el Che Guevara. La secta política tiene una dirección (“histórica”) que, a la manera de una casta sacerdotal, administra este saber y establece una clara línea demarcatoria entre los textos sagrados y los profanos. Cada secta construye su genealogía de textos sagrados, partiendo siempre del mito de los orígenes: las líneas pueden ser Marx/Engels/Lenin/Trotsky, Marx/Engels/Lenin/Mao o Marx/Engels/Lenin/Castro, poco importa. Los miembros de la secta política, del mismo modo que las sectas clásicas, comparten entre sí una serie de códigos, tics, gustos comunes, claves y contraseñas, que también escapan al profano. El saber sagrado es, por definición, conservador. Aunque la secta sea el resultado de una herejía, sólo es heterodoxa en relación con la organización madre (Iglesia) de la que rompe. La secta política se vive a sí misma no sólo como ortodoxa, sino inclusive define su misión como de restauración de la ortodoxia perdida o traicionada. Es así como, a pesar de los contenidos radicalizados, revolucionarios o subversivos de su discurso, la “estructura de sentimiento” de la secta es profundamente conservadora, hostil a lo nuevo, restauracionista.

En tercer lugar, los rituales y las ceremonias. Es indudable que los rituales y las ceremonias practicadas por las sectas políticas tienen mayor funcionalidad y menor solemnidad que el de las sectas religiosas clásicas o que las sectas político-religiosas de la primera mitad del siglo XIX. No obstante, tienen un peso imaginario fundamental. Por ejemplo, la asistencia a reuniones periódicas excede su mera funcionalidad: más allá de lo que haya de debatir o resolver, la reunión de “célula” o “equipo” debe realizarse de todos modos periódicamente, pues tiene un valor imaginario en sí misma (estimula la regularidad, reafirma en la fe, cohesiona al grupo, permite su control periódico, etcétera). A medida que las sectas se tornan más burocráticas, los congresos van dejando de ser espacios de deliberación y decisión democrática para devenir momentos de legitimación colectiva de decisiones previamente tomadas por la dirección. Esta, más que elegida y renovada, es plebiscitada. El congreso/ debate deviene congreso/espectáculo. Pero, con todo, para el militante es un momento fuertemente emotivo de reencuentro colectivo, bajo símbolos comunes (banderas rojas, imágenes de los padres fundadores o de la hoz y el martillo), donde puede tener a dirigentes habitualmente poco visibles a un cierto alcance, donde se entonan los himnos que facilitan la identificación colectiva (como “La Internacional”), donde se renueva el juramento en nombre de los compañeros caídos. Un ritual clave sigue siendo en la secta política el de la iniciación. Para un grupo donde la delimitación entre el adentro y el afuera es fundamental, la decisión de la membresía merece definiciones y debates programáticos y estatutarios, un tratamiento deliberativo en cada caso concreto, la puesta a prueba del iniciado, la apelación a un cierto ceremonial, una cierta celebración donde se comienza a convocar al nuevo miembro a las actividades de la vida social de la secta, etcétera El mito iniciático clásico de la renuncia a la familia o a la religión previa sobrevive persistentemente bajo otros modos menos formales pero no menos imperativos: cualquier iniciado no tarda en advertir que el modelo ideal del militante de la secta es el de la renuncia total a su vida anterior y presente, el de la entrega y la disponibilidad total a la organización.

En cuarto lugar, la estratificación interna y el culto sagrado del líder. Aunque su discurso se identifique con la democracia más plebeya o radical, con el socialismo o el comunismo, toda secta es, por definición, elitista y jerárquica. La dirección está desde el momento fundacional en la cima de la pirámide; los militantes ascienden a través de una serie de pruebas de eficacia y lealtad (a menudo, a la hora de decidir una promoción, la lealtad predomina sobre la eficacia). Por definición, hay promociones periódicas que estimulan a los militantes a esforzarse en cumplir sus tareas, pero ningún “advenedizo” ascenderá tan alto como para estar a la altura de la dirección “histórica”, originaria. En la secta política, la excomunión funciona como forma de cohesión. Reaparecen las figuras del heterodoxo (aquí bajo la forma del “revisionista”), del desertor (ahora el “fundido”) y el traidor (el “delator”, el “provocador”, el “agente policial”). Reaparece, concomitantemente, la figura del castigo ejemplar. El análisis de Weber sobre las sectas que “han ido tan lejos que han llegado a prohibir toda relación física, tanto sexual como económica, con los situados fuera de su círculo” es habitual en la secta política: todo contacto estrecho (por ejemplo, matrimonial) con alguien que no sea miembro, es sospechoso y directamente desaconsejable para con miembros de otras sectas. Pero el contacto está explícitamente vedado con “revisionistas” y “fundidos”. Estos requieren de un tratamiento especial, llevado a cabo por personal fiable y calificado, que evalúe si son “recuperables”. La secta despliega una enorme capacidad para “trabajar la culpa” de los ex militantes, condenándolos transitoriamente a una suerte de purgatorio, del que o “los recuperamos” o “se pierden”.

En último lugar, la esperanza mesiánica. En la secta política izquierdista, sobreviven en forma secularizada los rasgos centrales del milenarismo: el clima de excitación orgiástica ante la inminencia de la revolución, la vivencia del “presente absoluto”, el “aquí y ahora” total, la inmediatez más radical, la expectativa tensa ante el momento propicio, la revolución como acontecimiento absoluto, el líder como profeta, etcétera Estas figuras reaparecen en un marxismo transfigurado, convertido ahora en una doctrina a partir de la cual el profeta puede descifrar los signos de la revolución inminente y anunciarla. Es un marxismo leído en clave catastrofista: el capitalismo es una suerte de encarnación absoluta del Mal y está condenado. El Mal absolutamente desencadenado es ingobernable para sí mismo y sucumbirá como resultado de sus propias crisis. Como en las sectas milenaristas (y más tarde en las protestantes), fatalismo y voluntarismo se articulan en una misma doctrina: el advenimiento del Milenio es inevitable, pero al mismo tiempo hay que estar preparado para ese momento. La vida de la secta no es otra cosa que la espera, en ese clima de “expectativa tensa”, del Momento de la Redención. El llamado “Argentinazo” de 2001 no escapó a este fárrago de interpretaciones, donde las sectas izquierdistas apelaban a sus conceptos fetiche y discutían si se había abierto una “situación prerrevolucionaria” o abiertamente “revolucionaria”. Atrapadas en el imaginario soviético de 1917, debatían febrilmente, en su lenguaje esotérico inaccesible al vulgo, si estábamos ante un “Febrero” o un “Octubre”, si Duhalde era un “Kerensky” o Menem un “Kornilov”. Es que el anuncio profético del Ultimo Día (el “derrumbe” del capitalismo) es siempre relanzado: poco importa la realidad (en todo caso, si la revolución no llega... peor para la realidad). Más tarde o más temprano, la profecía se cumplirá.

Todas las energías prácticas están puestas en seguir el curso de la coyuntura, buscando el momento propicio. Todas las energías intelectuales están puestas en justificar la distancia entre la profecía y la realidad, esto es, en sostener la fe en la espera de un Milenio que tarda en llegar. Practicismo político de un lado, bizantinismo intelectual del otro, la secta política es una gran consumidora de energías. Los resultados del crecimiento no son tangibles, el desarrollo personal está bloqueado, pero la urgencia de las tareas inmediatas no deja tiempo ni espacio para la reflexión sobre la propia situación, sobre el encierro de la secta que se comienza a vivir como asfixiante. Compartir con otros camaradas las dudas puede ser riesgoso, engendra culpas y temores (¿cómo romper el juramento iniciático?). Además, ¿cómo retornar a una vida social con la que se han cortado amarras hace mucho tiempo? Este sujetamiento imaginario lleva al militante de la secta a permanecer un sobretiempo como militante en crisis (inconfesada) y luego otro lapso más, en el purgatorio de los ex militantes. Sólo en este marco puede comprenderse el pasaje de miles (o cientos de miles) de jóvenes por las sectas, su seducción por lo distinto, su fascinación por la disciplina, su esperanza mesiánica, su abnegada disposición militante, su cansancio o su asfixia posterior, su alejamiento de la secta y su retorno a la vida en sociedad. El ex militante suele internalizar el discurso de la secta y vive culposamente su alejamiento: no fui capaz de aceptar la disciplina, no tuve la fe suficiente, no fui de los mejores. Sólo permanecen en la secta la dirección y algunos elegidos: la base y los sectores medios fluyen incesantemente, como el río de Heráclito.

Pero volvamos a la relación entre la secta y los movimientos sociales, que definí desde un principio como una relación de exterioridad. La secta aspira a romper su pequeño círculo y devenir partido, liderando el movimiento de masas. Pero esta aspiración explícita a dejar de ser un pequeño grupo choca con el imaginario que la lleva a perpetuarse como grupo separado y calificado. Esta situación es más controlable en un grupo pequeño o mediano. De ahí la identificación, en el sentido común, de la secta con un grupo pequeño. En verdad, hasta cierto nivel, la secta puede crecer cuantitativamente manteniendo la misma estructura, pero un proceso de crecimiento repentino constituye una amenaza para la preservación de la secta como grupo distinto, cohesionado, singular, y un riesgo de pérdida de control por parte de la dirección. Llegado este punto, sólo caben dos posibilidades: o la presión social, a través de los nuevos miembros, modifica la estructura de secta, pudiendo devenir, por ejemplo, partido o movimiento político, o la estructura de secta es tan fuerte y tan férreamente defendida por los viejos miembros, que la contradicción se resuelve en una crisis aguda, que trae consigo el abandono por parte de los recién llegados y/o nuevas subdivisiones. El cisma, la vuelta al grupo chico, controlable, es el triunfo de la lógica burocrático-religiosa de la secta sobre la lógica de la política. Marx lo señaló admirablemente en la carta que cité anteriormente: “La secta ve la justificación de su existencia y su ‘punto de honor’, no en lo que tiene en común con el movimiento de clase, sino en el peculiar sésamo que la distingue de él”, le escribe a Schweitzer. En una nueva etapa de desarrollo del movimiento de masas, la secta podría quizá integrarse en el “movimiento general como elemento que lo enriqueciese”; sin embargo, la secta lassalleana “exigió del movimiento de clase que se subordinase al movimiento de una secta particular. Quienes no son amigos de usted —remata Marx— han concluido de esto que, pase lo que pase, usted quiere conservar su propio movimiento obrero”. El subrayado es de Marx: la secta fue incapaz de contribuir a la (auto)constitución del movimiento obrero alemán; antes bien, quiso preservarse como tal y conservar “su propio movimiento obrero”. El paralelo con las sectas políticas argentinas y su afán por conservar, aun al riesgo de la fragmentación y el debilitamiento del movimiento en su conjunto, su propio movimiento piquetero, es flagrante. Creo que no requiere de comentarios adicionales.

Mi conclusión es que las sectas de la izquierda argentina han podido crecer cuantitativamente, pero siempre dentro de su lógica y dentro de su territorio, que funciona como una suerte de enclave. La secta no crece contribuyendo a construir el movimiento social, en una dialéctica donde esa construcción del movimiento se decanta casi naturalmente en un crecimiento de sus filas: la secta crece a expensas del movimiento social, intenta capturar a sus dirigentes naturales, quiere imponerle su programa, su lógica política y, sobre todo, su forma.

Horacio Tarcus

La lenta agonía de la vieja izquierda y el prolongado parto de una nueva cultura emancipatoria
2005 -
Inprecor

Gramsci, por Eric Hobsbawm (II)

El pensamiento estratégico de Gramsci no solo está, como siempre, lleno de introspecciones históricas brillantes, sino que tiene gran importancia practica. No es que Gramsci optase por una estrategia de guerra prolongada o posicional en Occidente, en oposición a lo que él denominaba ataque frontal o guerra de maniobras, sino cómo analizó estas opciones. Sabiendo de sobra que ni en Italia ni en gran parte de Europa iba a producirse ninguna revolución de octubre a partir de comienzos de la década de 1920 -ni había perspectivas realistas de que surgiese ninguna-, obviamente tuvo que considerar una estrategia de largo recorrido. Pero no se comprometió en principio con ningún resultado concreto de la prolongada “guerra de posición” que predijo y recomendó. Esta podría conducir directamente a una transición al socialismo o a otra fase de la guerra de maniobras y ataque o a alguna otra fase estratégica. No obstante, consideró una posibilidad que pocos marxistas han abordado con claridad, es decir, que el fracaso de la revolución en Occidente podría producir a largo plazo un debilitamiento mucho más peligroso de las fuerzas del progreso a través de lo que él denominó una “revolución pasiva”. Por otro lado, la clase dirigente podría conceder ciertas exigencias para prevenir y evitar la revolución y por el otro el movimiento revolucionario podría encontrarse en la práctica (aunque no necesariamente en teoría) aceptando su impotencia y quedando desgastado y políticamente integrado al sistema. En resumen, la “guerra de posición” tenia que estar sistemáticamente concebida como una estrategia de lucha más que simplemente como algo que los revolucionarios tenían que hacer cuando no había perspectivas de construcción de barricadas. Gramsci evidentemente había aprendido por la experiencia de la socialdemocracia anterior a 1914 que el marxismo no era un determinismo histórico. No bastaba con esperar que la historia condujese de alguna manera a los trabajadores al poder automáticamente.

Gramsci insiste en que la lucha para convertir a la clase obrera en una potencial clase dirigente, la lucha por la hegemonía, se tiene que librar antes de la transición al poder´, así como durante y después de acceder a él. Pero esta lucha no es simplemente un aspecto de la “guerra de posición”, es un aspecto crucial de la estrategia de los revolucionarios en todas las circunstancias. Naturalmente la consecución de la hegemonía, en la medida de lo posible, antes de la transferencia del poder es especialmente importante en países en los que el núcleo de la clase dirigente descansa en la subordinación de las masas en lugar de hacerlo en la coacción. Este es el caso  de la mayoría de los países “occidentales”, diga lo que diga la ultraizquierda y por más que no se ponga en duda el hecho de que en el último análisis la coacción está ahí para ser usada. El problema básico de la hegemonía, considerado estratégicamente, no es cómo acceden al poder los revolucionarios, aunque esta es una cuestión muy importante. Se trata de cómo consiguen ser aceptados, no sólo como gobernantes políticos existentes e inevitables, sino como guías y lideres. Hay obviamente dos aspectos: cómo conseguir el consentimiento y si los revolucionarios están preparados para ejercer el liderazgo. Está también la situación política concreta, tanto nacional como internacional, que puede hacer que sus esfuerzos sean más efectivos o más difíciles. Los socialdemócratas alemanes de 1918 probablemente habrían sido aceptados como fuerza hegemónica pero no quisieron actuar como tal. En ello radica la tragedia de la revolución alemana. Los comunistas checos podrían haber sido aceptados como fuerza hegemónica tanto en 1945 como en 1968 y estaban dispuestos a desempeñar ese papel, pero fueron incapaces de hacerlo. La lucha por la hegemonía antes, durante y después de la transición (sea cual fuere su naturaleza y velocidad) es crucial.

La estrategia de Gramsci tiene como núcleo un movimiento de clase permanente y organizado. En ese sentido, su idea de “partido” vuelve a la concepción del propio Marx -por lo menos en la etapa posterior de su vida- del partido como, digámoslo así, clase organizada, aunque él mismo dedicó más atención que Marx y Engels -e incluso que Lenin- no tanto a la organización formal como a las formas de liderazgo y estructura política y a la naturaleza de lo que él denominó la relación “orgánica” entre clase y partido. Ahora bien, en la época de la revolución de Octubre la mayoría de los partidos de masas de la clase obrera eran socialdemócratas. Gran parte de los teóricos revolucionarios, entre ellos los bolcheviques antes de 1917, estaban obligados a pensar sólo en términos de partidos o grupos de cuadros de activistas movilizando el descontento de las masas como y cuando podían, porque los movimientos de masas o bien no estaban permitidos o eran, a menudo, reformistas. Todavía no podían pensar en términos de movimientos obreros de masas permanentes y arraigados pero al mismo tiempo revolucionarios que desempeñasen un importante papel en la escena política de sus países. La experiencia histórica italiana le había familiarizado con minorías revolucionarias que no tenían esa relación “orgánica”, sino que eran grupos de “voluntarios”  movilizando como y cuando podían “en absoluto a partidos de masas… sino el equivalente político de bandas de gitanos o nómades” [Cuadernos de la cárcel]. Gran parte de la política de izquierdas incluso hoy en día -y quizá especialmente hoy- se basa asimismo y por razones similares no en la clase obrera real con su organización de masas, sino en una clase trabajadora nominal, en una especie de visión externa de la clase trabajadora o de cualquier grupo susceptible de ser movilizado. La originalidad de Gramsci es que él era un revolucionario que nunca sucumbió a esa tentación. La clase obrera organizada tal como es, y no como en teoría debería ser, fue la base de su análisis y estrategia.

El pensamiento político de Gramsci no era solamente estratégico, instrumental u operativo. Su objetivo no era simplemente la victoria, después de la cual comienza un orden y un tipo de análisis diferente. De vez en cuando toma algún problema o incidente histórico como punto de partida y a continuación generaliza a partir del mismo, no solamente sobre la política de la clase dirigente o de algunas situaciones similares , sino sobre toda la política en general. Esto es así porque es consciente en todo momento de que hay algo en común entre las relaciones políticas de los hombres en todas las sociedades o por lo menos en una gama históricamente muy amplia de sociedades; por ejemplo, como le gustaba recordar, la diferencia entre dirigentes y dirigidos. Nunca olvidó que las sociedades son más que estructuras de dominio económico y de poder político, que tienen una cierta cohesión incluso cuando están desgarradas por las luchas de clases (un concepto que ya apuntó Engels mucho antes), y que la liberación de la explotación proporciona la posibilidad de constituirlas en verdaderas comunidades de hombres libres. Nunca olvidó que responsabilizarse de una sociedad -real o potencial- es más que cuidar de los intereses inmediatos de clase o de sección o incluso de Estado: que, por ejemplo, presupone continuidad “con el pasado, con la tradición o con el futuro”. Por lo tanto, Gramsci insiste en la revolución no simplemente como la expropiación de los expropiadores, sino también como la creación de un pueblo, la realización de una nación; como la negación y el cumplimiento del pasado. En efecto, las obras de Gramsci plantean el importante problema, que se ha debatido muy poco, de qué es exactamente lo que se revoluciona del pasado en una revolución, y qué se conserva y por qué y cómo, de la dialéctica entre continuidad y revolución. Para Gramsci esto es importante  no en sí mismo, sino como medio de movilización popular y auto transformación, de cambio intelectual y moral, de autodesarrollo colectivo como parte del proceso por el cual, en sus luchas, un pueblo cambia y se sitúa bajo el liderazgo de la nueva clase hegemónica y su movimiento.

Aunque Gramsci comparte la habitual sospecha marxista de especulaciones sobre el futuro socialista, a diferencia de la mayoría de ellos, él no busca ninguna pista del mismo en la naturaleza del propio movimiento. Si analiza su naturaleza y estructura y desarrollo como movimiento político, como partido, tan minuciosa y microscópicamente, si rastrea, por ejemplo, el surgimiento de un movimiento organizado y permanente, en oposición a una rápida “explosión”, hasta sus elementos capilares y moleculares más diminutos (como él mismo los llama) , lo hace porque ve que la sociedad futura se sustenta en lo que él denomina “la formación de una voluntad colectiva” a través de dicho movimiento y solamente a través de dicho movimiento. Porque únicamente de este modo puede convertirse una clase subalterna en una clase potencialmente hegemónica, o si se quiere, estar capacitada para construir el socialismo. Sólo de este modo puede, a través de su partido, convertirse verdaderamente en el “Príncipe moderno”, en el motor político de la transformación. Y al construirse a sí misma, en cierto sentido establecerá ya alguna de las bases sobre las que se construirá la nueva sociedad, y algunos de sus perfiles aparecerán en ella y a través de ella.

Eric Hobsbawm
Cómo cambiar el mundo
© 2011 Editorial Paidós / Crítica

El cielo abierto: Acerca de la minería

Cuándo cada una de las partes quiere galvanizar a su propia tropa una de las tareas más arduas es poder llegar a una síntesis o a una instancia superadora, pero podríamos empezar por definir algo: La relatividad de las cosas. Es inaceptable o intelectualmente deshonesto y heredero de lo peor del populismo seguidista decir: “Si el pueblo no quiere tal cosa no se hace”. Primero porque actualmente y al menos en Argentina no conozco un significante vacío más grande que la palabra Pueblo; si hace referencia al número de los movilizados por alguna causa entonces las peores tendencias represivas de la sociedad, como los que marcharon y marcharán por “meta bala al delincuente”, es plenamente el Pueblo. Ni hablar de los miles de hombres y mujeres de a pie que fueron arrastrados bajo las consignas de la burguesía y se sintieron parte de las patronales agro-financieras durante el intento de Golpe de Estado del 2008, en absoluta contradicción con sus propios intereses de clase. No existe una categoría Pueblo en si misma prescindiendo de la ideología, ese análisis flaquearía al analizar que el mismo pueblo que se movilizó bajo dictadura un 30 de marzo de 1982 y fue reprimido con ferocidad reapareció tres días después para vivar a sus verdugos exactamente en el mismo lugar, siendo presa del identitarismo tan caro y funcional a nuestras clases dominantes. Esto ya fue planteado por Marx en Miseria de la Filosofía:

En principio, las condiciones económicas habían transformado la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa viene a ser ya una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma. En la lucha, de la cual hemos señalado algunas fases, esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma. Y los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase. [pero] Las categorías económicas son sólo las expresiones teóricas, las abstracciones de las relaciones sociales de producción.

Años después otro brillante teórico y militante como György Lukács complementaría el razonamiento de no caer en la tentación del seguidismo inmovilizante y profundamente reaccionario –a contrapelo de su pretendida defensa “del pueblo”- a todo el ámbito de la esfera de la cultura y la psicología de masas en su obra Historia y conciencia de clase:

En el caso de que la sociedad actual no pueda, como quiera que sea, ser percibida en su totalidad partiendo de una situación de clase determinada, en el caso de que incluso la reflexión consecuente, que llega hasta el fin y tiene por objeto los intereses de la clase, reflexión que se puede adjudicar a una clase, no concierna a la totalidad de la sociedad, semejante clase no puede representar sino un papel subalterno y no puede jamás intervenir en la marcha de la historia como factor de conservación o de progreso. Semejantes clases están, en general, predestinadas a la pasividad, a una oscilación inconsecuente entre las clases dominantes y las clases portadoras de revoluciones, y sus explosiones eventuales revisten necesariamente un carácter elemental, vacío y sin finalidad, y están condenadas, aun en caso de victoria accidental, a la derrota final.

Pensar en una situación histórica concreta y las fuerzas que se movilizan es inescindible de la ideología que anima a las mismas, es decir del conjunto de valores, normas y sentido común que una de ellas ha logrado imponer culturalmente a otras. Y segundo, el fetichismo de las cosas per se es mas bien propio de holgazanes políticos –si hablamos de izquierda o demócratas de izquierda- o generalmente funcional a los defensores del status quo. Entonces, consignas justas como la defensa del medio ambiente o el agua es más valiosa que el oro pierde de vista por su mismo vacío ideológico ahistórico y aparente “neutralidad” la discusión de los cómo, cuándo y porqué, donde los primeros perjudicados serán en definitiva los mismos pobladores de aquellas regiones de nuestro país que viven en sistemas económicos feudales y pre capitalistas. Este aparente radicalismo de izquierda –no curiosamente alentado por sus verdugos históricos- está encajonado y limitado por su propio análisis mecanicista acerca de la caracterización del Estado. Si todo estado es burgués y represivo por su propia naturaleza (y si tomamos los escritos de los padres fundadores como una Biblia y no como una guía para la acción es así, actitud muy poco marxista, mas bien blanquista) entonces no importan ni las contradicciones que se puedan encontrar en su seno ni las fuerzas en pugna que lo quieran dotar de un sentido u otro; ergo, todo maximalismo sería así bienvenido y revolucionario. Ese dislate, por ejemplo, ha llevado a ciertos partidos de izquierda y organizaciones indigenistas a apoyar el intento de golpe de estado policial en Ecuador por considerarlo una rebelión de trabajadores contra el gobierno pro-minero de Rafael Correa (sic). Esta izquierda vive buscando en los sujetos más inverosímiles su propio sujeto revolucionario, a contrapelo de cualquier análisis sereno de condiciones objetivas y subjetivas, de correlación de clases y de fuerzas y, sobre todo, prescindiendo de la elemental pregunta leninista: ¿Quién gana?

Por el otro lado dentro de la militancia de la coalición gobernante hay una endogamia asfixiante que, al sentirse atacada, reacciona abroquelándose sin más detrás de cualquier tipo de medida también prescindiendo de sus resultados concretos e incapaz de generar políticas propias que no sean ir a abroquelarse a su pesar junto a las transnacionales mineras depredadoras como la Barrick Gold. También aquí el fetiche de las cosas hace estragos: Si los gobiernos provinciales fueron legitimados en las urnas entonces cualquier cosa que hagan está bien. Así llegamos al extremo que todo pensamiento alternativo sea demonizado por ser funcional a los intereses del activo campo de la reacción; eso no es dar batalla y plantar cara a los que momentáneamente se retiraron de la escena en el 2001 (para reagruparse y juntar fuerzas para un nuevo asalto y colonización del Estado, como vemos ahora) por su imposibilidad de manejar la cosa pública, mas bien es actuar políticamente dentro del territorio hábilmente delimitado por los mismos. Y bien sabemos que muchos gobiernos provinciales se encuentran apegados a la actual gestión nacional solo por una cuestión táctica y no vacilarán un segundo en pasarse con armas y bagajes a quien les ofrezca algún lugar bajo el sol de sus propios intereses, que desde ya la historia ha demostrado que son absolutamente autónomos y prescindentes de las necesidades de sus propios gobernados.

Dado que la izquierda vulgar no quiere por su propia holgazanería, deficiencias ideológicas y dificultad en transmitir un sentido común y la derecha obviamente explotará cualquier cosa que estimen que horada al Gobierno, la alternativa superadora es plantar de cara a la sociedad que el modelo de federalismo mal entendido impuesto por la infausta Constitución de 1994 es absolutamente contrario al bien común. Los recursos naturales jamás pueden ser propiedad de una provincia, porque son parte del capital estratégico de toda la nación y tampoco pueden ser entregados a manos extranjeras bajo el pretexto de “los capitales que nos hacen falta”. La lógica de la ultra ganancia no se detiene en nada, ni en el medio ambiente ni en minucias como no agotar rápidamente la riqueza de la tierra a cualquier costo y teniendo una visión armonizadora del desarrollo del país. Durante años la sociedad fue convencida que nada menos que el agua -recurso que asegura la reproducción de la vida misma- estuviese en manos privadas y sin embargo esa lógica pudo ser rota con decisión (¿alguien en su sano juicio, así sea el opositor más acérrimo propone privatizarla nuevamente?). Es decir, a este gobierno siempre le fue mejor cuando fue audaz e impuso temas que aparentemente el sentido común dominante marcaba como no negociable; pero para eso es inevitable avanzar en cuestiones basales –afectando claro está los intereses personales de los feudales-, como la Reforma Constitucional y la recreación de Yacimientos Carboníferos Fiscales, una empresa estatal que vele por la utilización racional de nuestros recursos mineros y el cuidado del medio ambiente. Así como se desarrolla hoy la actividad, con lugares infranqueables hasta para el Poder Judicial, custodiados  por fuerzas de seguridad que actúan como guardia de corps de intereses privados y con una lógica extractiva y rentística, no solo quizás nos estamos comprando una bomba de tiempo sino que es un capitulo más en la primarización de nuestra economía, tanto como la soja.

Por ahora asistimos entonces a este minué falso de “Mineria Barrick Gold sí vs No a la minería (total)”. No hay que detenerse en estos neo-radicalistas que han encontrado en la causa ecologista su nuevo fetiche con el que piensan trascender el gueto ideológico paleozoico pero que jamás se imaginan a sí mismos disputando y gestionando el poder por lo que no pueden –ni quieren- presentar propuestas alternativas. Simplemente, después de aterrorizar a la población de cada lugar con imágenes extraídas de otras catástrofes ambientales en un maridaje demencial con una ONG conducida y creada por un chiflado-vivillo que cree en vida intraterrena y extraterrestre (curiosa izquierda que necesita mentir cuando se propone como la Verdad) se retirarán a sus lugares de origen felices y contentos de mantener sus almas en paz y pureza. Y de la derecha realmente existente sería de ingenuos esperar algo, así sea la mínima racionalidad.

Nacer, vivir y morir comiendo basura

Sólo por nuestro amor a los desesperados conservamos todavía la esperanza
Walter Benjamín

Esa gente joven que hemos visto en televisión no querían cambiar el mundo.
Lo que quieren es volver a entrar al mundo.
Y los mayores sólo quieren regresar a un trabajo decente
Carlos Auyero

 

Nota del autor: Este post fue escrito en otro blog hace casi un año atrás, poco días después de cometida la masacre de José León Suarez. Lo transcribo en un modestísimo homenaje a las víctimas directas, a sus familiares que aun esperan justicia y a todos mis compatriotas de la Argentina invisible.

 

Una vez más, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires -encarnado para la ocasión por su no jefe Daniel Scioli y su ministro de inseguridad, el ex candado del Servicio Penitenciario Ricardo Casal- y su brazo legal armado la Maldita Policía, se han cobrado la vida de dos jóvenes, Franco Almirón de 17 años y Mauricio Ramos, de 16. Según todos los indicios y presunciones fueron virtualmente ejecutados desde corta distancia por las escopetas calibre 12/70 de los Patas Negras. Ricardo Casal, que representa a la Policía ante el Gobierno Provincial y no al revés como debería ser la lógica, salió presuroso a refrendar la versión de la misma: Una banda armada -de la que no se tiene constancia ni se sabe quienes la integran- que supuestamente se dedica a descarrilar formaciones de tren para robar su contenido y que los uniformados no tuvieron otra opción que defenderse dado los disparos de armas de fuego que habían impactado sobre los móviles policiales, siendo que hasta el momento de escribir este post no han podido mostrar una sola foto que lo corrobore.

Franco y Mauricio eran dos pibes viviendo bajo todos los fuegos cruzados posibles: El de la pobreza extrema, la marginación social, la falta de estudios y trabajo, la persecución de la Policía por portación de rostro por un lado y la de los traficantes de substancias prohibidas por las autoridades sanitarias competentes por el otro. Casi como decir que sus futuros tenían la marca de la muerte desde que nacieron; su única dispensa gratuita era que los dejen revolver basura en el CEAMSE durante una hora y media para tratar de obtener alguna fruta en no tan mal estado o latas de alimentos vencidos que los supermercados vierten allí para llevar algo a sus casas para comer. Nunca conocieron ni les permitieron conocer otra cosa, ni siquiera en su familia conservan la memoria histórica de lo que es tener un trabajo formal, porque deben ser la tercera generación de desocupados crónicos que el modelo neoliberal implantó a sangre y fuego durante la dictadura y fue abrochado con moño de oro durante el menemato, cuando el Conurbano Bonaerense –con la complicidad y/o aquiescencia del ejecutivo provincial y los ejecutivos municipales- fue transformado en un gigantesco Soweto. El bestial accionar policial no es fruto de ningún desborde o descontrol; es parte intrínseca y ejecutora del modelo que el Gobernador Scioli –y tantos otros políticos, para ser justos- pretende y quiere para la Provincia. Donde tendría que haber asistentes sociales, hay uniformes; donde tendría que existir la presencia del Estado para contener, dar comida y servicios sanitarios, sólo se hacen presente las balas, contrariando el modelo de inclusión y de la resolución amistosa y consensuada de los conflictos que baja desde el Gobierno Nacional.

Mas allá de ser un sistema intrínsecamente injusto por su propia naturaleza predatoria y darwiniana, el capitalismo ha llegado a un estadío superior en su perversa lógica: Si durante muchos años se dijo que se necesitaba un “ejército de reserva” de desocupados para presionar a la baja a los salarios, hoy ni siquiera eso; directamente, hay gente que sobra porque ni siquiera califica como reservista, que es alguien que ha recibido instrucción en algo y que prestamente puede ocupar el lugar del despedido. ¿Y qué se hace con lo que sobra? Daniel Scioli –la gran esperanza blanca de los grandes grupos empresarios- tiene la respuesta. No es cuestión de nombres, no es Casal ni su pasado como penitenciario ni su manera de (no) pensar; con el ex fiscal Stornelli pasaba exactamente lo mismo. Es en la propia política e ideología del Ejecutivo Provincial donde se deben buscar las respuestas cuando se producen estos trágicos sucesos de tanto en tanto. Y más grave aún: De seguir el Estado Provincial pretendiendo resolver violentamente las contradicciones que sus propias políticas de inacción social provocan, estará incubando una bomba de tiempo que no tardará mucho en estallar; hace un tiempo, el filósofo José Pablo Feinmann publicó un relato ficcional acerca de un levantamiento masivo de los Condenados de la Tierra, hartos de todo hartazgo. Con las valientes excepciones del Chino Navarro, Emilio Pérsico y Edgardo De Petri [*] nadie desde el oficialismo provincial salió a repudiar los crímenes ni a apuntar al problema real que aqueja a vastos sectores juveniles del Conurbano; nada sorprendente por otra parte en políticos pequeños-pequeños que sea por omisión, porque están de acuerdo o simplemente por lo señalado certeramente por De Petri. Pero sí es doloroso comprobar como en la bloguería nac & pop el tema fue olímpicamente ignorado, con un par de excepciones apenas.

Apoyar un proyecto no debería implicar bancar crímenes; si se piensa que no hablar de esto ayuda al Gobierno Nacional en algo para su futura performance electoral a fines de este año no sólo es un cálculo erróneo, sino que ya entra lisa y llanamente en el terreno de la hijoputez.

[*] A los que hoy -y valientemente dada su investidura y los que conflictos que seguro le va a ocasionar- se les ha sumado el vicegobernador de la Provincia, Gabriel Mariotto.

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