La cultura de la insatisfacción

“Es básicamente un movimiento de los contribuyentes estadounidenses -de cualquier partido- que están cansados de la delincuencia y corrupción en Washington, que desconfía de la política de circunvalación que pone a la gente detrás y usa el dinero de sus impuestos tontamente, y quienes están desencantados viendo a nuestra nación marchar en la dirección incorrecta (y darse cuenta que sólo empeora año tras año, sin importar a quiénes elegimos para ser nuestros líderes)”

Parte de la declaración de principios del American Taxpayers Party (Partido Norteamericano de los Pagadores de Impuestos), cercano a los ultra-derechistas supremacistas blancos de las Milicias de Michigan

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En estos días que han regresado violentamente a la arena mediática los indignados que pagan sus impuestos para mantener a vagos y malentretenidos -azuzados por sus titiriteros de los medios de comunicación del establishment- también reingresa en los debates de ciertos sectores del kirchnerismo cool la necesidad de una fuerza política que contenga los reclamos y el “enojo” de este sector y los conduzca por la vía democrática. Lamentablemente, eso no puede ser posible: Esa gente no se ve ni siquiera representada por el PRO, porque sus reclamos no soportan los tiempos electorales de la democracia y tampoco los derechos y garantías de la Constitución. Para que un partido como el PRO los pudiese contener debería abandonar todo barniz democrático y lanzarse directamente a posiciones declaradamente represivas y terroristas, como el Front National lepenista; lo más cerca que estuvo de eso fue en aquel recordado “inmigración descontrolada” pero solo le alcanzaría quizás para ganar en una ciudad como Buenos Aires, no a nivel país. Como lo han demostrado en los sucesos del Parque Indoamericano sólo aceptan como única vía de redención la sangre y la militarización de la parte de la sociedad que no soportan y esto así planteado es insoluble con la misma existencia de la democracia.

Como cualquier pelotudo tiene un blog –lo cual es cierto- entonces me tomaré la atribución de auto-citarme, como perpetra al límite del hartazgo el bueno de José Pablo Feinmann, autor de la frase:

“Hay un porcentaje no desdeñable de nuestra sociedad -de cualquier sociedad- que jamás verá con buenos ojos o al menos con cierta indulgencia todo proceso que conlleve mejoras para los más desposeídos (…). Argentina jamás tendrá una "Comunidad Organizada". El propio Perón lo pudo experimentar en carne propia una vez que la reacción pudo organizarse para sacarse a la negrada de encima. Y con un país que tenía por entonces los más altos índices de ocupación, bienestar general, seguridad y movilidad social”.

El mito de convencer a todos

(…) en amplios sectores de las capas medias hay un deseo apenas oculto que algún día o alguien logrará terminar de la noche a la mañana con el gigante invertebrado. Y no es precisamente un deseo civilizado, que se termine en términos políticos, es decir, porque sea superado dialécticamente por otra fuerza que recoja lo mejor de su tradición sin sus aristas apto para todo servicio, sino algo mucho mas terrible, que es ni mas ni menos que la desaparición violenta de la negrada. (…) Es claro que eso va dirigido a los peronistas malos; a los peronistas buenos hijos del establishment, como Reutemann, De Narváez o Solá, siempre les estará franqueada la puerta de palacio.

El síndrome de la historia circular

Mejor sí hablar de ciertas cosas

Peron-y-la-Triple-A

Una carta

Carta_Dimitris_Cristoulos

“El Gobierno de Tsolakoglou [*] ha aniquilado toda posibilidad de supervivencia para mí, que se basaba en una pensión muy digna que yo había pagado por mi cuenta sin ninguna ayuda del Estado durante 35 años. Y dado que mi avanzada edad no me permite reaccionar de otra forma (aunque si un compatriota griego tomase un kalashnikov, yo le apoyaría) no veo otra solución que poner fin a mi vida de esta forma digna para no tener que terminar hurgando en los tachos de basura para poder subsistir. Creo que los jóvenes sin futuro tomarán algún día las armas y colgarán boca abajo a los traidores de este país en la plaza Syntagma, como los italianos hicieron con Mussollini en 1945″

Dimitris Christoulas
Jubilado griego que se suicidó hace pocos días  enfrente del Parlamento de su país

 

[*] Compara aquí al actual gobierno siervo del FMI y los organismos de crédito multilaterales con el encabezado por Georgios Tsolakoglu, colaboracionista de los nazis en la Segunda Guerra Mundial

Desapariciones

galeano

Desaparecidos: los muertos sin tumba,
las tumbas sin nombre.
Y también:
los bosques nativos,
las estrellas en la noche de las ciudades,
el aroma de las flores,
el sabor de las frutas,
las cartas escritas a mano,
los viejos cafés donde había tiempo para perder el tiempo,
el fútbol de la calle,
el derecho a caminar,
el derecho a respirar,
los empleos seguros,
las jubilaciones seguras,
las casas sin rejas,
las puertas sin cerradura,
el sentido comunitario
y el sentido común.

Eduardo Galeano

Extractado de su próximo libro Los hijos de los días

La secta es el opio de la ultra izquierda

Así como para los movimientos que constituyen los embriones de una nueva cultura política de izquierda el contenido es la forma y la forma es el contenido, otro tanto podemos decir de la izquierda tradicional. ¿Por qué este hincapié en la forma? Mi tesis es que no podemos entender cabalmente a la izquierda tradicional tal como ella se autorrepresenta en el discurso de sus proclamas, de sus programas o de sus estatutos partidarios (esto es, se necesita trascender la propia ideología a través de la cual la izquierda se piensa y se racionaliza) y atender a sus formas de organización reales, pues aquí también son estas formas de organización las que prefiguran el orden social que desean construir efectivamente. Nos topamos aquí con la paradoja de que los discursos más radicales, revolucionarios y emancipatorios pueden ser proclamados desde estructuras cerradas, verticales, autorreferenciales, autoritarias y conservadoras.

Para pensar estas formas, más útil que la sociología de los partidos políticos, resulta la sociología de las religiones, es más provechoso pensarlas desde Weber que desde Michels, desde René Loreau que desde Sartori. Me explico: las organizaciones de la izquierda argentina hace decenios que responden mejor a la tipología de la secta, dicho en el sentido sociológico del término, que a la del partido político. En los años 1930 ó 1940, estas formas eran era casi privativas del trotskismo y la extrema izquierda, cuya multiplicación frente a la unidad monolítica del comunismo internacional semejaba la proliferación de sectas protestantes frente a la unidad de la Iglesia Católica Romana. En efecto, el comunismo, aún con sus permanentes purgas, mantenía una férrea organización internacional, jerárquica y centralizada, que administraba el canon de lectura ortodoxo de los textos sagrados de los padres fundadores. Los trotskismos, en cambio, proponían otras claves de lectura, heterodoxas en relación la ortodoxia comunista, pero con un afán de ortodoxia, de lectura correcta: su lectura quería ser canónica, porque la secta quiere devenir Iglesia. Volveré en seguida sobre esto, pero partiendo de esta premisa: en la primera década del siglo XXI ya no hay centros políticos internacionales legítimos, lecturas canónicas que sigan millones de fieles ni iglesias políticas monolíticas: todo el movimiento de las izquierdas ha estallado en una pluralidad de sectas –socialistas, comunistas, trotskistas, maoístas, guevaristas, nacionalistas revolucionarias…– que ya no son patrimonio del trotskismo.

Mi disparador para pensar el problema en estos términos fue una frase de una carta de Karl Marx a Schweitzer, un dirigente alemán de la corriente lassalleana (Marx diría la “secta lassalleana”). Marx dice allí: “Toda secta es, en realidad, religiosa” (Marx a Schweitzer, 13/10/1868). Esto quiere decir que, a pesar de sus manifestaciones exteriores, políticas, racionales y laicas, la secta extrae su unidad, su cohesión y su fuerza de un imaginario religioso que opera de modo inconsciente para sus miembros. A pesar de que en el nivel de lo manifiesto un grupo se llame a sí mismo “partido”, “liga” o “movimiento”, se adhiera a un credo laico y racionalista y se ufane del carácter voluntario, libre y racional de sus posturas o de sus tomas de decisión políticas, puede funcionar y autorreproducirse según el patrón de la secta política, permaneciendo atrapado por un imaginario que es el que otorga efectiva identidad y cohesión al grupo y dentro del cual juegan un rol decisivo los rituales y las ceremonias, la disolución del individuo en el todo grupal, la separación rígida entre el “adentro” y el “afuera”, entre el saber profano y el sagrado, el esotérico y el exotérico, la estratificación interna, el culto sacralizado del líder, la esperanza mesiánica, las figuras del heterodoxo, el desertor y el traidor. Detengámonos brevemente en cada una de estas categorías. En primer lugar, la identidad. Es característico de la secta política su identidad rígida, cerrada, exclusiva. La vida política moderna es rica en ejemplos de interminables querellas de identidad entre sectas que provienen de un mismo tronco, donde el mayor grado de parentesco y proximidad es motivo de mayor agresividad en la disputa por la legitimidad. Las querellas entre hermanos/ rivales suelen alcanzar un tenor no sólo agresivo sino sofisticado, ante las cuales los observadores externos asisten como si se tratase de una pelea de familia, con sus esotéricas referencias a hechos y figuras del linaje familiar. Freud podría haber explicado estas disputas en términos del “narcisismo de las pequeñas diferencias”.

La paradoja de la identidad secta es su aparente fortaleza, que suele legitimarse a través de un complejo sistema doctrinario, pero la identidad de la secta no es fuerte, sino rígida: dentro del sistema de la secta, cualquier diferencia menor ingresa en una dinámica interna imparable, termina por abismarse y por generar un nuevo cisma. La secta racionaliza este proceso de debilitamiento periódico como una “purificación”: “la expulsión de los desviacionistas nos ha cohesionado y fortalecido”. En los discursos partidarios, son frecuentes las metáforas tomadas de la patología: “virus”, “pestes” que inficionan la organización, anticuerpos que reaccionan a tiempo para restablecer un “sano” cuerpo partidario. La nueva secta tomará sus fuerzas de la enorme cohesión que le dio esta lucha desigual y, si sobrevive, reproducirá el esquema al infinito; de donde se desprende que las identidades rígidas, tras su apariencia de fortaleza, esconden en verdad una enorme vulnerabilidad. La lucha a muerte por la legitimidad exige la más estricta disciplina y cohesión interna. La guerra externa se internaliza, pero a su turno se reproduce dentro: aun la más rígida de las estructuras no puede permanecer absolutamente ajena a presiones externas. El conspirador social deviene preferentemente un conspirador interno. En la secta, se vive en un clima de sospecha. La lucha hacia el “exterior” deviene lucha hacia el interior y las querellas intestinas terminan por monopolizar todas las energías de la secta.

La identidad ideal que se forja la secta política implica la cuasi disolución del individuo en el todo grupal. El militante vive su incorporación al grupo como un corte radical en su historia personal: antes y después de haber visto la luz, de haber encontrado un sentido a su vida. Pero lo que desde afuera puede entenderse como alienación del sujeto, como pérdida de su autonomía, para la vivencia del sectario (entendido como el integrante de la secta) esa renuncia es el costo de un acceso a su plenitud total. Los problemas de su identidad como sujetos individuales se suturan en esta identificación absoluta con el todo (conflictos sexuales, afectivos, familiares, dificultades de inserción laboral o profesional, miedos, fobias, etcétera, quedan suspendidos o desplazados gracias a esta posibilidad vivencialmente intensa de proyectarse en esta identidad colectiva ideal: todos aquellos conflictos aparecen al sectario como menores, mezquinos, “pequeñoburgueses”). En suma, se sacrifica la vida privada, pero para vivir intensamente esta hermandad absoluta, que además se ramifica por el mundo. No hay en la secta lugar para el temperamento individual, salvo, claro, para el líder. El líder es el único que puede (parcialmente) descentrarse de ciertos lugares, violar ciertas reglas, reinterpretar sorpresivamente los textos sagrados, cultivar un cierto temperamento individual. La minimización de la propia vida privada queda compensada por la contemplación de la vida del líder, el espejo en que se proyectan los miembros de la secta.

En segundo lugar, la sacralización del saber. Para las sectas de izquierda, el marxismo –esto es, su doctrina– es definido a priori como un saber verdadero opuesto al falso: una verdad que ya es, a la que en lo fundamental hay que interpretar correctamente y que sólo falta llevar a la práctica. No hay lugar para la creación, la recreación, la revisión, la innovación, la crítica en el sentido fuerte del término. La secta es, por definición, conservadora y, en el plano de la doctrina, es inflexible. Todo el marxismo de las sectas se reduce a pura hermenéutica. Lo que en la secta se llama “crítica” no es más que la reacción conservadora del saber consagrado frente a los intentos de “revisión”. La argumentación es escasa y se limita a contrastar las frases de los textos profanos con las frases de los textos sagrados. En estas guerras de citas, no hay diferencia alguna entre las querellas bíblicas de las sectas protestantes sobre la verdadera palabra de Dios y los debates entre grupúsculos de izquierda sobre lo que “verdaderamente dijo” Marx, Trotsky, Mao Tse Tung o el Che Guevara. La secta política tiene una dirección (“histórica”) que, a la manera de una casta sacerdotal, administra este saber y establece una clara línea demarcatoria entre los textos sagrados y los profanos. Cada secta construye su genealogía de textos sagrados, partiendo siempre del mito de los orígenes: las líneas pueden ser Marx/Engels/Lenin/Trotsky, Marx/Engels/Lenin/Mao o Marx/Engels/Lenin/Castro, poco importa. Los miembros de la secta política, del mismo modo que las sectas clásicas, comparten entre sí una serie de códigos, tics, gustos comunes, claves y contraseñas, que también escapan al profano. El saber sagrado es, por definición, conservador. Aunque la secta sea el resultado de una herejía, sólo es heterodoxa en relación con la organización madre (Iglesia) de la que rompe. La secta política se vive a sí misma no sólo como ortodoxa, sino inclusive define su misión como de restauración de la ortodoxia perdida o traicionada. Es así como, a pesar de los contenidos radicalizados, revolucionarios o subversivos de su discurso, la “estructura de sentimiento” de la secta es profundamente conservadora, hostil a lo nuevo, restauracionista.

En tercer lugar, los rituales y las ceremonias. Es indudable que los rituales y las ceremonias practicadas por las sectas políticas tienen mayor funcionalidad y menor solemnidad que el de las sectas religiosas clásicas o que las sectas político-religiosas de la primera mitad del siglo XIX. No obstante, tienen un peso imaginario fundamental. Por ejemplo, la asistencia a reuniones periódicas excede su mera funcionalidad: más allá de lo que haya de debatir o resolver, la reunión de “célula” o “equipo” debe realizarse de todos modos periódicamente, pues tiene un valor imaginario en sí misma (estimula la regularidad, reafirma en la fe, cohesiona al grupo, permite su control periódico, etcétera). A medida que las sectas se tornan más burocráticas, los congresos van dejando de ser espacios de deliberación y decisión democrática para devenir momentos de legitimación colectiva de decisiones previamente tomadas por la dirección. Esta, más que elegida y renovada, es plebiscitada. El congreso/ debate deviene congreso/espectáculo. Pero, con todo, para el militante es un momento fuertemente emotivo de reencuentro colectivo, bajo símbolos comunes (banderas rojas, imágenes de los padres fundadores o de la hoz y el martillo), donde puede tener a dirigentes habitualmente poco visibles a un cierto alcance, donde se entonan los himnos que facilitan la identificación colectiva (como “La Internacional”), donde se renueva el juramento en nombre de los compañeros caídos. Un ritual clave sigue siendo en la secta política el de la iniciación. Para un grupo donde la delimitación entre el adentro y el afuera es fundamental, la decisión de la membresía merece definiciones y debates programáticos y estatutarios, un tratamiento deliberativo en cada caso concreto, la puesta a prueba del iniciado, la apelación a un cierto ceremonial, una cierta celebración donde se comienza a convocar al nuevo miembro a las actividades de la vida social de la secta, etcétera El mito iniciático clásico de la renuncia a la familia o a la religión previa sobrevive persistentemente bajo otros modos menos formales pero no menos imperativos: cualquier iniciado no tarda en advertir que el modelo ideal del militante de la secta es el de la renuncia total a su vida anterior y presente, el de la entrega y la disponibilidad total a la organización.

En cuarto lugar, la estratificación interna y el culto sagrado del líder. Aunque su discurso se identifique con la democracia más plebeya o radical, con el socialismo o el comunismo, toda secta es, por definición, elitista y jerárquica. La dirección está desde el momento fundacional en la cima de la pirámide; los militantes ascienden a través de una serie de pruebas de eficacia y lealtad (a menudo, a la hora de decidir una promoción, la lealtad predomina sobre la eficacia). Por definición, hay promociones periódicas que estimulan a los militantes a esforzarse en cumplir sus tareas, pero ningún “advenedizo” ascenderá tan alto como para estar a la altura de la dirección “histórica”, originaria. En la secta política, la excomunión funciona como forma de cohesión. Reaparecen las figuras del heterodoxo (aquí bajo la forma del “revisionista”), del desertor (ahora el “fundido”) y el traidor (el “delator”, el “provocador”, el “agente policial”). Reaparece, concomitantemente, la figura del castigo ejemplar. El análisis de Weber sobre las sectas que “han ido tan lejos que han llegado a prohibir toda relación física, tanto sexual como económica, con los situados fuera de su círculo” es habitual en la secta política: todo contacto estrecho (por ejemplo, matrimonial) con alguien que no sea miembro, es sospechoso y directamente desaconsejable para con miembros de otras sectas. Pero el contacto está explícitamente vedado con “revisionistas” y “fundidos”. Estos requieren de un tratamiento especial, llevado a cabo por personal fiable y calificado, que evalúe si son “recuperables”. La secta despliega una enorme capacidad para “trabajar la culpa” de los ex militantes, condenándolos transitoriamente a una suerte de purgatorio, del que o “los recuperamos” o “se pierden”.

En último lugar, la esperanza mesiánica. En la secta política izquierdista, sobreviven en forma secularizada los rasgos centrales del milenarismo: el clima de excitación orgiástica ante la inminencia de la revolución, la vivencia del “presente absoluto”, el “aquí y ahora” total, la inmediatez más radical, la expectativa tensa ante el momento propicio, la revolución como acontecimiento absoluto, el líder como profeta, etcétera Estas figuras reaparecen en un marxismo transfigurado, convertido ahora en una doctrina a partir de la cual el profeta puede descifrar los signos de la revolución inminente y anunciarla. Es un marxismo leído en clave catastrofista: el capitalismo es una suerte de encarnación absoluta del Mal y está condenado. El Mal absolutamente desencadenado es ingobernable para sí mismo y sucumbirá como resultado de sus propias crisis. Como en las sectas milenaristas (y más tarde en las protestantes), fatalismo y voluntarismo se articulan en una misma doctrina: el advenimiento del Milenio es inevitable, pero al mismo tiempo hay que estar preparado para ese momento. La vida de la secta no es otra cosa que la espera, en ese clima de “expectativa tensa”, del Momento de la Redención. El llamado “Argentinazo” de 2001 no escapó a este fárrago de interpretaciones, donde las sectas izquierdistas apelaban a sus conceptos fetiche y discutían si se había abierto una “situación prerrevolucionaria” o abiertamente “revolucionaria”. Atrapadas en el imaginario soviético de 1917, debatían febrilmente, en su lenguaje esotérico inaccesible al vulgo, si estábamos ante un “Febrero” o un “Octubre”, si Duhalde era un “Kerensky” o Menem un “Kornilov”. Es que el anuncio profético del Ultimo Día (el “derrumbe” del capitalismo) es siempre relanzado: poco importa la realidad (en todo caso, si la revolución no llega... peor para la realidad). Más tarde o más temprano, la profecía se cumplirá.

Todas las energías prácticas están puestas en seguir el curso de la coyuntura, buscando el momento propicio. Todas las energías intelectuales están puestas en justificar la distancia entre la profecía y la realidad, esto es, en sostener la fe en la espera de un Milenio que tarda en llegar. Practicismo político de un lado, bizantinismo intelectual del otro, la secta política es una gran consumidora de energías. Los resultados del crecimiento no son tangibles, el desarrollo personal está bloqueado, pero la urgencia de las tareas inmediatas no deja tiempo ni espacio para la reflexión sobre la propia situación, sobre el encierro de la secta que se comienza a vivir como asfixiante. Compartir con otros camaradas las dudas puede ser riesgoso, engendra culpas y temores (¿cómo romper el juramento iniciático?). Además, ¿cómo retornar a una vida social con la que se han cortado amarras hace mucho tiempo? Este sujetamiento imaginario lleva al militante de la secta a permanecer un sobretiempo como militante en crisis (inconfesada) y luego otro lapso más, en el purgatorio de los ex militantes. Sólo en este marco puede comprenderse el pasaje de miles (o cientos de miles) de jóvenes por las sectas, su seducción por lo distinto, su fascinación por la disciplina, su esperanza mesiánica, su abnegada disposición militante, su cansancio o su asfixia posterior, su alejamiento de la secta y su retorno a la vida en sociedad. El ex militante suele internalizar el discurso de la secta y vive culposamente su alejamiento: no fui capaz de aceptar la disciplina, no tuve la fe suficiente, no fui de los mejores. Sólo permanecen en la secta la dirección y algunos elegidos: la base y los sectores medios fluyen incesantemente, como el río de Heráclito.

Pero volvamos a la relación entre la secta y los movimientos sociales, que definí desde un principio como una relación de exterioridad. La secta aspira a romper su pequeño círculo y devenir partido, liderando el movimiento de masas. Pero esta aspiración explícita a dejar de ser un pequeño grupo choca con el imaginario que la lleva a perpetuarse como grupo separado y calificado. Esta situación es más controlable en un grupo pequeño o mediano. De ahí la identificación, en el sentido común, de la secta con un grupo pequeño. En verdad, hasta cierto nivel, la secta puede crecer cuantitativamente manteniendo la misma estructura, pero un proceso de crecimiento repentino constituye una amenaza para la preservación de la secta como grupo distinto, cohesionado, singular, y un riesgo de pérdida de control por parte de la dirección. Llegado este punto, sólo caben dos posibilidades: o la presión social, a través de los nuevos miembros, modifica la estructura de secta, pudiendo devenir, por ejemplo, partido o movimiento político, o la estructura de secta es tan fuerte y tan férreamente defendida por los viejos miembros, que la contradicción se resuelve en una crisis aguda, que trae consigo el abandono por parte de los recién llegados y/o nuevas subdivisiones. El cisma, la vuelta al grupo chico, controlable, es el triunfo de la lógica burocrático-religiosa de la secta sobre la lógica de la política. Marx lo señaló admirablemente en la carta que cité anteriormente: “La secta ve la justificación de su existencia y su ‘punto de honor’, no en lo que tiene en común con el movimiento de clase, sino en el peculiar sésamo que la distingue de él”, le escribe a Schweitzer. En una nueva etapa de desarrollo del movimiento de masas, la secta podría quizá integrarse en el “movimiento general como elemento que lo enriqueciese”; sin embargo, la secta lassalleana “exigió del movimiento de clase que se subordinase al movimiento de una secta particular. Quienes no son amigos de usted —remata Marx— han concluido de esto que, pase lo que pase, usted quiere conservar su propio movimiento obrero”. El subrayado es de Marx: la secta fue incapaz de contribuir a la (auto)constitución del movimiento obrero alemán; antes bien, quiso preservarse como tal y conservar “su propio movimiento obrero”. El paralelo con las sectas políticas argentinas y su afán por conservar, aun al riesgo de la fragmentación y el debilitamiento del movimiento en su conjunto, su propio movimiento piquetero, es flagrante. Creo que no requiere de comentarios adicionales.

Mi conclusión es que las sectas de la izquierda argentina han podido crecer cuantitativamente, pero siempre dentro de su lógica y dentro de su territorio, que funciona como una suerte de enclave. La secta no crece contribuyendo a construir el movimiento social, en una dialéctica donde esa construcción del movimiento se decanta casi naturalmente en un crecimiento de sus filas: la secta crece a expensas del movimiento social, intenta capturar a sus dirigentes naturales, quiere imponerle su programa, su lógica política y, sobre todo, su forma.

Horacio Tarcus

La lenta agonía de la vieja izquierda y el prolongado parto de una nueva cultura emancipatoria
2005 -
Inprecor

Gramsci, por Eric Hobsbawm (II)

El pensamiento estratégico de Gramsci no solo está, como siempre, lleno de introspecciones históricas brillantes, sino que tiene gran importancia practica. No es que Gramsci optase por una estrategia de guerra prolongada o posicional en Occidente, en oposición a lo que él denominaba ataque frontal o guerra de maniobras, sino cómo analizó estas opciones. Sabiendo de sobra que ni en Italia ni en gran parte de Europa iba a producirse ninguna revolución de octubre a partir de comienzos de la década de 1920 -ni había perspectivas realistas de que surgiese ninguna-, obviamente tuvo que considerar una estrategia de largo recorrido. Pero no se comprometió en principio con ningún resultado concreto de la prolongada “guerra de posición” que predijo y recomendó. Esta podría conducir directamente a una transición al socialismo o a otra fase de la guerra de maniobras y ataque o a alguna otra fase estratégica. No obstante, consideró una posibilidad que pocos marxistas han abordado con claridad, es decir, que el fracaso de la revolución en Occidente podría producir a largo plazo un debilitamiento mucho más peligroso de las fuerzas del progreso a través de lo que él denominó una “revolución pasiva”. Por otro lado, la clase dirigente podría conceder ciertas exigencias para prevenir y evitar la revolución y por el otro el movimiento revolucionario podría encontrarse en la práctica (aunque no necesariamente en teoría) aceptando su impotencia y quedando desgastado y políticamente integrado al sistema. En resumen, la “guerra de posición” tenia que estar sistemáticamente concebida como una estrategia de lucha más que simplemente como algo que los revolucionarios tenían que hacer cuando no había perspectivas de construcción de barricadas. Gramsci evidentemente había aprendido por la experiencia de la socialdemocracia anterior a 1914 que el marxismo no era un determinismo histórico. No bastaba con esperar que la historia condujese de alguna manera a los trabajadores al poder automáticamente.

Gramsci insiste en que la lucha para convertir a la clase obrera en una potencial clase dirigente, la lucha por la hegemonía, se tiene que librar antes de la transición al poder´, así como durante y después de acceder a él. Pero esta lucha no es simplemente un aspecto de la “guerra de posición”, es un aspecto crucial de la estrategia de los revolucionarios en todas las circunstancias. Naturalmente la consecución de la hegemonía, en la medida de lo posible, antes de la transferencia del poder es especialmente importante en países en los que el núcleo de la clase dirigente descansa en la subordinación de las masas en lugar de hacerlo en la coacción. Este es el caso  de la mayoría de los países “occidentales”, diga lo que diga la ultraizquierda y por más que no se ponga en duda el hecho de que en el último análisis la coacción está ahí para ser usada. El problema básico de la hegemonía, considerado estratégicamente, no es cómo acceden al poder los revolucionarios, aunque esta es una cuestión muy importante. Se trata de cómo consiguen ser aceptados, no sólo como gobernantes políticos existentes e inevitables, sino como guías y lideres. Hay obviamente dos aspectos: cómo conseguir el consentimiento y si los revolucionarios están preparados para ejercer el liderazgo. Está también la situación política concreta, tanto nacional como internacional, que puede hacer que sus esfuerzos sean más efectivos o más difíciles. Los socialdemócratas alemanes de 1918 probablemente habrían sido aceptados como fuerza hegemónica pero no quisieron actuar como tal. En ello radica la tragedia de la revolución alemana. Los comunistas checos podrían haber sido aceptados como fuerza hegemónica tanto en 1945 como en 1968 y estaban dispuestos a desempeñar ese papel, pero fueron incapaces de hacerlo. La lucha por la hegemonía antes, durante y después de la transición (sea cual fuere su naturaleza y velocidad) es crucial.

La estrategia de Gramsci tiene como núcleo un movimiento de clase permanente y organizado. En ese sentido, su idea de “partido” vuelve a la concepción del propio Marx -por lo menos en la etapa posterior de su vida- del partido como, digámoslo así, clase organizada, aunque él mismo dedicó más atención que Marx y Engels -e incluso que Lenin- no tanto a la organización formal como a las formas de liderazgo y estructura política y a la naturaleza de lo que él denominó la relación “orgánica” entre clase y partido. Ahora bien, en la época de la revolución de Octubre la mayoría de los partidos de masas de la clase obrera eran socialdemócratas. Gran parte de los teóricos revolucionarios, entre ellos los bolcheviques antes de 1917, estaban obligados a pensar sólo en términos de partidos o grupos de cuadros de activistas movilizando el descontento de las masas como y cuando podían, porque los movimientos de masas o bien no estaban permitidos o eran, a menudo, reformistas. Todavía no podían pensar en términos de movimientos obreros de masas permanentes y arraigados pero al mismo tiempo revolucionarios que desempeñasen un importante papel en la escena política de sus países. La experiencia histórica italiana le había familiarizado con minorías revolucionarias que no tenían esa relación “orgánica”, sino que eran grupos de “voluntarios”  movilizando como y cuando podían “en absoluto a partidos de masas… sino el equivalente político de bandas de gitanos o nómades” [Cuadernos de la cárcel]. Gran parte de la política de izquierdas incluso hoy en día -y quizá especialmente hoy- se basa asimismo y por razones similares no en la clase obrera real con su organización de masas, sino en una clase trabajadora nominal, en una especie de visión externa de la clase trabajadora o de cualquier grupo susceptible de ser movilizado. La originalidad de Gramsci es que él era un revolucionario que nunca sucumbió a esa tentación. La clase obrera organizada tal como es, y no como en teoría debería ser, fue la base de su análisis y estrategia.

El pensamiento político de Gramsci no era solamente estratégico, instrumental u operativo. Su objetivo no era simplemente la victoria, después de la cual comienza un orden y un tipo de análisis diferente. De vez en cuando toma algún problema o incidente histórico como punto de partida y a continuación generaliza a partir del mismo, no solamente sobre la política de la clase dirigente o de algunas situaciones similares , sino sobre toda la política en general. Esto es así porque es consciente en todo momento de que hay algo en común entre las relaciones políticas de los hombres en todas las sociedades o por lo menos en una gama históricamente muy amplia de sociedades; por ejemplo, como le gustaba recordar, la diferencia entre dirigentes y dirigidos. Nunca olvidó que las sociedades son más que estructuras de dominio económico y de poder político, que tienen una cierta cohesión incluso cuando están desgarradas por las luchas de clases (un concepto que ya apuntó Engels mucho antes), y que la liberación de la explotación proporciona la posibilidad de constituirlas en verdaderas comunidades de hombres libres. Nunca olvidó que responsabilizarse de una sociedad -real o potencial- es más que cuidar de los intereses inmediatos de clase o de sección o incluso de Estado: que, por ejemplo, presupone continuidad “con el pasado, con la tradición o con el futuro”. Por lo tanto, Gramsci insiste en la revolución no simplemente como la expropiación de los expropiadores, sino también como la creación de un pueblo, la realización de una nación; como la negación y el cumplimiento del pasado. En efecto, las obras de Gramsci plantean el importante problema, que se ha debatido muy poco, de qué es exactamente lo que se revoluciona del pasado en una revolución, y qué se conserva y por qué y cómo, de la dialéctica entre continuidad y revolución. Para Gramsci esto es importante  no en sí mismo, sino como medio de movilización popular y auto transformación, de cambio intelectual y moral, de autodesarrollo colectivo como parte del proceso por el cual, en sus luchas, un pueblo cambia y se sitúa bajo el liderazgo de la nueva clase hegemónica y su movimiento.

Aunque Gramsci comparte la habitual sospecha marxista de especulaciones sobre el futuro socialista, a diferencia de la mayoría de ellos, él no busca ninguna pista del mismo en la naturaleza del propio movimiento. Si analiza su naturaleza y estructura y desarrollo como movimiento político, como partido, tan minuciosa y microscópicamente, si rastrea, por ejemplo, el surgimiento de un movimiento organizado y permanente, en oposición a una rápida “explosión”, hasta sus elementos capilares y moleculares más diminutos (como él mismo los llama) , lo hace porque ve que la sociedad futura se sustenta en lo que él denomina “la formación de una voluntad colectiva” a través de dicho movimiento y solamente a través de dicho movimiento. Porque únicamente de este modo puede convertirse una clase subalterna en una clase potencialmente hegemónica, o si se quiere, estar capacitada para construir el socialismo. Sólo de este modo puede, a través de su partido, convertirse verdaderamente en el “Príncipe moderno”, en el motor político de la transformación. Y al construirse a sí misma, en cierto sentido establecerá ya alguna de las bases sobre las que se construirá la nueva sociedad, y algunos de sus perfiles aparecerán en ella y a través de ella.

Eric Hobsbawm
Cómo cambiar el mundo
© 2011 Editorial Paidós / Crítica

El cielo abierto: Acerca de la minería

Cuándo cada una de las partes quiere galvanizar a su propia tropa una de las tareas más arduas es poder llegar a una síntesis o a una instancia superadora, pero podríamos empezar por definir algo: La relatividad de las cosas. Es inaceptable o intelectualmente deshonesto y heredero de lo peor del populismo seguidista decir: “Si el pueblo no quiere tal cosa no se hace”. Primero porque actualmente y al menos en Argentina no conozco un significante vacío más grande que la palabra Pueblo; si hace referencia al número de los movilizados por alguna causa entonces las peores tendencias represivas de la sociedad, como los que marcharon y marcharán por “meta bala al delincuente”, es plenamente el Pueblo. Ni hablar de los miles de hombres y mujeres de a pie que fueron arrastrados bajo las consignas de la burguesía y se sintieron parte de las patronales agro-financieras durante el intento de Golpe de Estado del 2008, en absoluta contradicción con sus propios intereses de clase. No existe una categoría Pueblo en si misma prescindiendo de la ideología, ese análisis flaquearía al analizar que el mismo pueblo que se movilizó bajo dictadura un 30 de marzo de 1982 y fue reprimido con ferocidad reapareció tres días después para vivar a sus verdugos exactamente en el mismo lugar, siendo presa del identitarismo tan caro y funcional a nuestras clases dominantes. Esto ya fue planteado por Marx en Miseria de la Filosofía:

En principio, las condiciones económicas habían transformado la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado en esta masa una situación común, intereses comunes. Así, esta masa viene a ser ya una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma. En la lucha, de la cual hemos señalado algunas fases, esta masa se reúne, constituyéndose en clase para sí misma. Y los intereses que defienden llegan a ser intereses de clase. [pero] Las categorías económicas son sólo las expresiones teóricas, las abstracciones de las relaciones sociales de producción.

Años después otro brillante teórico y militante como György Lukács complementaría el razonamiento de no caer en la tentación del seguidismo inmovilizante y profundamente reaccionario –a contrapelo de su pretendida defensa “del pueblo”- a todo el ámbito de la esfera de la cultura y la psicología de masas en su obra Historia y conciencia de clase:

En el caso de que la sociedad actual no pueda, como quiera que sea, ser percibida en su totalidad partiendo de una situación de clase determinada, en el caso de que incluso la reflexión consecuente, que llega hasta el fin y tiene por objeto los intereses de la clase, reflexión que se puede adjudicar a una clase, no concierna a la totalidad de la sociedad, semejante clase no puede representar sino un papel subalterno y no puede jamás intervenir en la marcha de la historia como factor de conservación o de progreso. Semejantes clases están, en general, predestinadas a la pasividad, a una oscilación inconsecuente entre las clases dominantes y las clases portadoras de revoluciones, y sus explosiones eventuales revisten necesariamente un carácter elemental, vacío y sin finalidad, y están condenadas, aun en caso de victoria accidental, a la derrota final.

Pensar en una situación histórica concreta y las fuerzas que se movilizan es inescindible de la ideología que anima a las mismas, es decir del conjunto de valores, normas y sentido común que una de ellas ha logrado imponer culturalmente a otras. Y segundo, el fetichismo de las cosas per se es mas bien propio de holgazanes políticos –si hablamos de izquierda o demócratas de izquierda- o generalmente funcional a los defensores del status quo. Entonces, consignas justas como la defensa del medio ambiente o el agua es más valiosa que el oro pierde de vista por su mismo vacío ideológico ahistórico y aparente “neutralidad” la discusión de los cómo, cuándo y porqué, donde los primeros perjudicados serán en definitiva los mismos pobladores de aquellas regiones de nuestro país que viven en sistemas económicos feudales y pre capitalistas. Este aparente radicalismo de izquierda –no curiosamente alentado por sus verdugos históricos- está encajonado y limitado por su propio análisis mecanicista acerca de la caracterización del Estado. Si todo estado es burgués y represivo por su propia naturaleza (y si tomamos los escritos de los padres fundadores como una Biblia y no como una guía para la acción es así, actitud muy poco marxista, mas bien blanquista) entonces no importan ni las contradicciones que se puedan encontrar en su seno ni las fuerzas en pugna que lo quieran dotar de un sentido u otro; ergo, todo maximalismo sería así bienvenido y revolucionario. Ese dislate, por ejemplo, ha llevado a ciertos partidos de izquierda y organizaciones indigenistas a apoyar el intento de golpe de estado policial en Ecuador por considerarlo una rebelión de trabajadores contra el gobierno pro-minero de Rafael Correa (sic). Esta izquierda vive buscando en los sujetos más inverosímiles su propio sujeto revolucionario, a contrapelo de cualquier análisis sereno de condiciones objetivas y subjetivas, de correlación de clases y de fuerzas y, sobre todo, prescindiendo de la elemental pregunta leninista: ¿Quién gana?

Por el otro lado dentro de la militancia de la coalición gobernante hay una endogamia asfixiante que, al sentirse atacada, reacciona abroquelándose sin más detrás de cualquier tipo de medida también prescindiendo de sus resultados concretos e incapaz de generar políticas propias que no sean ir a abroquelarse a su pesar junto a las transnacionales mineras depredadoras como la Barrick Gold. También aquí el fetiche de las cosas hace estragos: Si los gobiernos provinciales fueron legitimados en las urnas entonces cualquier cosa que hagan está bien. Así llegamos al extremo que todo pensamiento alternativo sea demonizado por ser funcional a los intereses del activo campo de la reacción; eso no es dar batalla y plantar cara a los que momentáneamente se retiraron de la escena en el 2001 (para reagruparse y juntar fuerzas para un nuevo asalto y colonización del Estado, como vemos ahora) por su imposibilidad de manejar la cosa pública, mas bien es actuar políticamente dentro del territorio hábilmente delimitado por los mismos. Y bien sabemos que muchos gobiernos provinciales se encuentran apegados a la actual gestión nacional solo por una cuestión táctica y no vacilarán un segundo en pasarse con armas y bagajes a quien les ofrezca algún lugar bajo el sol de sus propios intereses, que desde ya la historia ha demostrado que son absolutamente autónomos y prescindentes de las necesidades de sus propios gobernados.

Dado que la izquierda vulgar no quiere por su propia holgazanería, deficiencias ideológicas y dificultad en transmitir un sentido común y la derecha obviamente explotará cualquier cosa que estimen que horada al Gobierno, la alternativa superadora es plantar de cara a la sociedad que el modelo de federalismo mal entendido impuesto por la infausta Constitución de 1994 es absolutamente contrario al bien común. Los recursos naturales jamás pueden ser propiedad de una provincia, porque son parte del capital estratégico de toda la nación y tampoco pueden ser entregados a manos extranjeras bajo el pretexto de “los capitales que nos hacen falta”. La lógica de la ultra ganancia no se detiene en nada, ni en el medio ambiente ni en minucias como no agotar rápidamente la riqueza de la tierra a cualquier costo y teniendo una visión armonizadora del desarrollo del país. Durante años la sociedad fue convencida que nada menos que el agua -recurso que asegura la reproducción de la vida misma- estuviese en manos privadas y sin embargo esa lógica pudo ser rota con decisión (¿alguien en su sano juicio, así sea el opositor más acérrimo propone privatizarla nuevamente?). Es decir, a este gobierno siempre le fue mejor cuando fue audaz e impuso temas que aparentemente el sentido común dominante marcaba como no negociable; pero para eso es inevitable avanzar en cuestiones basales –afectando claro está los intereses personales de los feudales-, como la Reforma Constitucional y la recreación de Yacimientos Carboníferos Fiscales, una empresa estatal que vele por la utilización racional de nuestros recursos mineros y el cuidado del medio ambiente. Así como se desarrolla hoy la actividad, con lugares infranqueables hasta para el Poder Judicial, custodiados  por fuerzas de seguridad que actúan como guardia de corps de intereses privados y con una lógica extractiva y rentística, no solo quizás nos estamos comprando una bomba de tiempo sino que es un capitulo más en la primarización de nuestra economía, tanto como la soja.

Por ahora asistimos entonces a este minué falso de “Mineria Barrick Gold sí vs No a la minería (total)”. No hay que detenerse en estos neo-radicalistas que han encontrado en la causa ecologista su nuevo fetiche con el que piensan trascender el gueto ideológico paleozoico pero que jamás se imaginan a sí mismos disputando y gestionando el poder por lo que no pueden –ni quieren- presentar propuestas alternativas. Simplemente, después de aterrorizar a la población de cada lugar con imágenes extraídas de otras catástrofes ambientales en un maridaje demencial con una ONG conducida y creada por un chiflado-vivillo que cree en vida intraterrena y extraterrestre (curiosa izquierda que necesita mentir cuando se propone como la Verdad) se retirarán a sus lugares de origen felices y contentos de mantener sus almas en paz y pureza. Y de la derecha realmente existente sería de ingenuos esperar algo, así sea la mínima racionalidad.

Nacer, vivir y morir comiendo basura

Sólo por nuestro amor a los desesperados conservamos todavía la esperanza
Walter Benjamín

Esa gente joven que hemos visto en televisión no querían cambiar el mundo.
Lo que quieren es volver a entrar al mundo.
Y los mayores sólo quieren regresar a un trabajo decente
Carlos Auyero

 

Nota del autor: Este post fue escrito en otro blog hace casi un año atrás, poco días después de cometida la masacre de José León Suarez. Lo transcribo en un modestísimo homenaje a las víctimas directas, a sus familiares que aun esperan justicia y a todos mis compatriotas de la Argentina invisible.

 

Una vez más, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires -encarnado para la ocasión por su no jefe Daniel Scioli y su ministro de inseguridad, el ex candado del Servicio Penitenciario Ricardo Casal- y su brazo legal armado la Maldita Policía, se han cobrado la vida de dos jóvenes, Franco Almirón de 17 años y Mauricio Ramos, de 16. Según todos los indicios y presunciones fueron virtualmente ejecutados desde corta distancia por las escopetas calibre 12/70 de los Patas Negras. Ricardo Casal, que representa a la Policía ante el Gobierno Provincial y no al revés como debería ser la lógica, salió presuroso a refrendar la versión de la misma: Una banda armada -de la que no se tiene constancia ni se sabe quienes la integran- que supuestamente se dedica a descarrilar formaciones de tren para robar su contenido y que los uniformados no tuvieron otra opción que defenderse dado los disparos de armas de fuego que habían impactado sobre los móviles policiales, siendo que hasta el momento de escribir este post no han podido mostrar una sola foto que lo corrobore.

Franco y Mauricio eran dos pibes viviendo bajo todos los fuegos cruzados posibles: El de la pobreza extrema, la marginación social, la falta de estudios y trabajo, la persecución de la Policía por portación de rostro por un lado y la de los traficantes de substancias prohibidas por las autoridades sanitarias competentes por el otro. Casi como decir que sus futuros tenían la marca de la muerte desde que nacieron; su única dispensa gratuita era que los dejen revolver basura en el CEAMSE durante una hora y media para tratar de obtener alguna fruta en no tan mal estado o latas de alimentos vencidos que los supermercados vierten allí para llevar algo a sus casas para comer. Nunca conocieron ni les permitieron conocer otra cosa, ni siquiera en su familia conservan la memoria histórica de lo que es tener un trabajo formal, porque deben ser la tercera generación de desocupados crónicos que el modelo neoliberal implantó a sangre y fuego durante la dictadura y fue abrochado con moño de oro durante el menemato, cuando el Conurbano Bonaerense –con la complicidad y/o aquiescencia del ejecutivo provincial y los ejecutivos municipales- fue transformado en un gigantesco Soweto. El bestial accionar policial no es fruto de ningún desborde o descontrol; es parte intrínseca y ejecutora del modelo que el Gobernador Scioli –y tantos otros políticos, para ser justos- pretende y quiere para la Provincia. Donde tendría que haber asistentes sociales, hay uniformes; donde tendría que existir la presencia del Estado para contener, dar comida y servicios sanitarios, sólo se hacen presente las balas, contrariando el modelo de inclusión y de la resolución amistosa y consensuada de los conflictos que baja desde el Gobierno Nacional.

Mas allá de ser un sistema intrínsecamente injusto por su propia naturaleza predatoria y darwiniana, el capitalismo ha llegado a un estadío superior en su perversa lógica: Si durante muchos años se dijo que se necesitaba un “ejército de reserva” de desocupados para presionar a la baja a los salarios, hoy ni siquiera eso; directamente, hay gente que sobra porque ni siquiera califica como reservista, que es alguien que ha recibido instrucción en algo y que prestamente puede ocupar el lugar del despedido. ¿Y qué se hace con lo que sobra? Daniel Scioli –la gran esperanza blanca de los grandes grupos empresarios- tiene la respuesta. No es cuestión de nombres, no es Casal ni su pasado como penitenciario ni su manera de (no) pensar; con el ex fiscal Stornelli pasaba exactamente lo mismo. Es en la propia política e ideología del Ejecutivo Provincial donde se deben buscar las respuestas cuando se producen estos trágicos sucesos de tanto en tanto. Y más grave aún: De seguir el Estado Provincial pretendiendo resolver violentamente las contradicciones que sus propias políticas de inacción social provocan, estará incubando una bomba de tiempo que no tardará mucho en estallar; hace un tiempo, el filósofo José Pablo Feinmann publicó un relato ficcional acerca de un levantamiento masivo de los Condenados de la Tierra, hartos de todo hartazgo. Con las valientes excepciones del Chino Navarro, Emilio Pérsico y Edgardo De Petri [*] nadie desde el oficialismo provincial salió a repudiar los crímenes ni a apuntar al problema real que aqueja a vastos sectores juveniles del Conurbano; nada sorprendente por otra parte en políticos pequeños-pequeños que sea por omisión, porque están de acuerdo o simplemente por lo señalado certeramente por De Petri. Pero sí es doloroso comprobar como en la bloguería nac & pop el tema fue olímpicamente ignorado, con un par de excepciones apenas.

Apoyar un proyecto no debería implicar bancar crímenes; si se piensa que no hablar de esto ayuda al Gobierno Nacional en algo para su futura performance electoral a fines de este año no sólo es un cálculo erróneo, sino que ya entra lisa y llanamente en el terreno de la hijoputez.

[*] A los que hoy -y valientemente dada su investidura y los que conflictos que seguro le va a ocasionar- se les ha sumado el vicegobernador de la Provincia, Gabriel Mariotto.

Recuerdos del suburbio

Bombardeo_Fusiladora

Morón, junio de 1970, Tucumán casi esquina Intendente Grant, un barrio por entonces mezcla de clase media y obrera. El almacén de Don Quito -radical, gorilón, el pudiente de la cuadra- era nuestro centro de aprovisionamiento, el referente de las doñas y de los pibes que comprábamos caramelos. Con mis 7 años mis preocupaciones pasaban por la escuela, jugar a la pelota en la calle y saber cómo iba a formar Boca el domingo. Casi un mundo feliz. Una tarde, la radio empezó a cortar todas las transmisiones con flashes informativos: Que el general Aramburu había sido ajusticiado. No decían eso, por supuesto, sino asesinado; la Argentina de superficie, la legal, la permitida, la minoritaria se horrorizó, pero estaba la otra Argentina…

No entendía mucho del asunto pero parecía algo grave. Mi mamá me había dejado una lista con cosas para comprar así que me fui para lo de Don Quito. Estaba hablando con un cliente, casi el arquetipo del obrero peronista: Morochazo, poblados bigotes con las puntas hacia abajo y la ropa Grafa de la metalúrgica. Entre los 100 gramos de salame y 100 de queso escuché:

DQ: ¿Vió que barbaridad lo de Aramburu? No se puede creer

O: (pequeño silencio, un rictus casi imperceptible de alegría) Bien muerto está ese hijo de puta

Me impresionó el tono, la firmeza, la mirada. Y ante el silencio, siguió:

O: Y ahora falta el otro…

DQ: ¿Qué otro?

O: El otro, el Hormiga Negra [el almirante Isaac Francisco Rojas]

Describir la génesis del Estado es describir la génesis de un campo social, de un microcosmos social relativamente autónomo dentro del mundo social que lo engloba, en el que se juega un juego particular: el juego político legítimo. Tomemos como ejemplo la invención del Parlamento, lugar donde se debate sobre cuestiones que oponen a grupos de interés, reglamentariamente, siguiendo reglas, públicamente. Marx sólo había visto las bambalinas del asunto: el uso de la metáfora del teatro, de la teatralización del consenso, oculta el hecho de que hay personas que mueven los hilos y de que los verdaderos problemas, los verdaderos poderes estarían en otra parte. Hacer la génesis del Estado es hacer la génesis de un campo donde lo político va a actuarse, a simbolizarse, a dramatizarse reglamentariamente.

Entrar en este juego de lo político legalizado, legitimo, es tener acceso a ese recurso gradualmente acumulado que es “lo universal”, en la palabra universal, en las posiciones universales a partir de las cuales se puede hablar en nombre de todos, del universum, de la totalidad de un grupo. Se puede hablar en nombre del bien público, de lo que es bueno para el publico y, al mismo tiempo, apropiárselo. Eso está en el principio del “efecto Jano”: hay personas que tienen el privilegio de lo universal, pero no se puede tener lo universal sin monopolizar al mismo tiempo lo universal. Hay un capital de lo universal. El proceso según el cual se constituye esta instancia de gestión de lo universal es inseparable de un proceso de constitución de una categoría de agentes cuya propiedad es apropiarse de lo universal.

La cultura garantizada
Tomo un ejemplo del campo de la cultura. La génesis del Estado es un proceso durante el cual se opera toda una serie de concentraciones de diferentes formas de recursos: concentración de los recursos de la información (la estadística a través de las encuestas, los informes). de un capital lingüístico (oficialización de un dialecto que es erigido como lengua dominante, de modo que todas las demás hablas son sus formas depravadas, descarriadas o inferiores). Este proceso de concentración va de la mano con un proceso de desposeimiento: constituir una ciudad como capital, como lugar donde se concentran todas esas formas de capital, es constituir la provincia como desposeimiento del capital; constituir la lengua legítima es constituir todas las demás lenguas como dialectos. La cultura legítima es la cultura garantizada por el Estado, garantizada por esta institución que garantiza los títulos de cultura, que emite los certificados que garantizan la posesión de una cultura garantizada. El Estado se encarga de los programas escolares. Cambiar un programa es cambiar la estructura de la distribución del capital, es hacer que se deterioren algunas formas de capital. Por ejemplo, eliminar el latín y el griego de la enseñanza es condenar al poujadismo a toda una categoría de pequeños portadores de capital lingüístico. En todos mis trabajos anteriores sobre la escuela había olvidado por completo que la cultura legítima es la cultura del Estado…

Al mismo tiempo, esta concentración es una unificación y una forma de universalización. Allí donde estaba estaba lo diverso, lo disperso, lo local, está lo único. En un trabajo que realicé con Germaine Tillion, comparamos las unidades de medida en diferentes pueblos cabilas en una área de 30 km: encontramos tantas unidades de medida como pueblos. La creación de un patrón nacional y estatal de unidades de medida es un progreso hacia la universalización: el sistema métrico es un patrón universal que supone un consenso, un acuerdo sobre el sentido. Este proceso de concentración, de unificación, de integración es acompañado por un proceso de desposeimiento, ya que todos esos saberes, esas competencias que se asocian a estas medidas locales, son descalificadas. En otras palabras, el propio proceso por el que se gana en universalidad es acompañado por una concentración de la universalidad. Hay quienes quieren el sistema métrico (los matemáticos) y quienes son remitidos a lo local. El propio proceso de constitución de recursos comunes es inseparable de la constitución de esos recursos comunes como capital monopolizado por parte de quienes poseen el monopolio de la lucha por el monopolio de lo universal. Todo este proceso -constitución de un campo; autonomización de ese campo respecto de otras necesidades; constitución de una necesidad específica respecto de la necesidad económica y doméstica; constitución de una reproducción específica de tipo burocrático, específico respecto de la reproducción doméstica, familiar; constitución de una necesidad específica respecto de la necesidad religiosa- es inseparable de un proceso de concentración y de constitución de una nueva forma de recursos que pasan a pertenecer a lo universal, en todo caso a un grado de universalización superior a los que existían antes. Se pasa de un pequeño mercado local al mercado nacional, ya sea a nivel económico o simbólico. En el fondo, la génesis del Estado es inseparable de la constitución de un monopolio de lo universal, cuyo ejemplo por excelencia es la cultura.

Todos mis trabajos previos pueden resumirse del siguiente modo: esta cultura es legítima porque se presenta como universal, como disponible para todos, porque en nombre de esta universalidad se puede eliminar sin temor a quienes no la poseen. Esta cultura, que aparentemente une pero en realidad divide, es uno de los grandes instrumentos de dominación, porque están aquellos que tienen el monopolio de esta cultura, monopolio terrible puesto que no se puede reprochar a esta cultura ser particular. Incluso la cultura científica no hace más que empujar la paradoja a su limite. Las condiciones de la constitución de este universal, de su acumulación, son inseparables de las condiciones de la constitución de una casta, de una nobleza de Estado, de “monopolizadores” de lo universal. A partir de este análisis, podemos proponernos como proyecto universalizar las condiciones de acceso a lo universal. Por ende, es preciso saber cómo: ¿hay que desposeer a los “monopolizadores” para lograrlo? Claramente, no es por allí donde hay que ir a buscar.

Intercambios simbólicos
Para ilustrar lo que he dicho sobre el método y el contenido terminaré con una parábola. Hará unos treinta años en una noche de Navidad, fui a un pequeño pueblo de Béarn para ver un baile de campo. Algunos bailaban, otros no. Algunas personas, de más edad que el resto y con un estilo campesino, no bailaban, hablaban entre si, disimulaban para justificar su insólita presencia. Deberían estar casados, ya que cuando uno está casado ya no baila. El baile es uno de los lugares de intercambio matrimoniales: es el mercado de bienes simbólicos matrimoniales. Había un alto porcentaje de solteros: 50% en el rango de edad de 25-35 años. Intenté encontrar un sistema explicativo de este fenómeno: antes había un mercado local protegido, no unificado. Cuando se constituye lo que llamamos “Estado”, hay una unificación del mercado económico a la que el Estado contribuye con su política y una unificación del mercado de los intercambios simbólicos, es decir, el mercado de la compostura, de la ropa, de la persona, de la identidad, de la presentación. Estas personas tenían un mercado protegido, con base local, en el que tenían un control, lo cual permitía una especie de endogamia organizada por las familias. Los productos del modo de reproducción campesino tenían sus chances en ese mercado: seguían siendo vendibles y encontraban jovencitas.

En la lógica del modelo que he mencionado, lo que sucedía en ese baile era el resultado de la unificación del mercado de intercambios simbólicos: el paracaidista de la pequeña ciudad vecina que llegaba comportándose con arrogancia era un producto descalificante, que quitaba su valor a ese competidor que es el campesino. Dicho de otro modo, la unificación del mercado, que se puede presentar como un progreso, al menos para las personas que emigran, es decir las mujeres y todos los dominados, puede tener un efecto liberador. La escuela transmite una postura corporal diferente, formas de vestir, etc., y el estudiante tiene un valor matrimonial en ese nuevo mercado unificado, mientras que los campesinos son desclasados. Allí se encuentra toda la ambigüedad del proceso de universalización. En el caso de las jóvenes del campo que parten a la ciudad, que se casan con un cartero, etc., hay un acceso a lo universal. Pero ese grado de universalización superior es inseparable del efecto de dominación. Esta unificación del mercado tiene como efecto prohibir de facto la reproducción biológica  y social a toda una categoría de personas.
En esa misma época había estado trabajando con un material hallado de casualidad: los registros de las deliberaciones comunales de doscientos habitantes durante la Revolución Francesa. En esa región, los hombres votaban por unanimidad. Llegan decretos que dicen que hay que votar por mayoría. Deliberan, hay resistencias, hay un bando y otro bando. Poco a poco gana la mayoría: tiene tras de sí lo universal.

Hubo grandes discusiones en torno a este problema planteado por Tocqueville en una lógica de continuidad/discontinuidad de la Revolución. Sigue habiendo un verdadero problema histórico: ¿cuál es la fuerza específica de lo universal? Los procedimientos políticos de esos campesinos de tradiciones milenarias muy coherentes fueron arrastrados por la fuerza de lo universal, como si se hubieran inclinado ante algo más fuerte lógicamente: procedente de la ciudad, una puesta en discurso explícita, metódica y no práctica. Se han convertido en provincianos, en locales. Las actas de la deliberaciones se transforman: “Habiendo decidido el prefecto…”, “El Ayuntamiento se ha reunido…”. La universalización tiene como revés un desposeimiento y una monopolización. La génesis del Estado es la génesis de un lugar de gestión de lo universal y a la vez de un monopolio de lo universal y de un conjunto de agentes que participan del monopolio de hecho de esa cosa que, por definición, pertenece a lo universal.

Pierre Bourdieu
1930-2002, sociólogo

Texto inédito extractado de los cursos sobre el Estado
que dictó en el Collège de Francia entre 1989 y 1992

© Le Monde Diplomatique, nº 151, Enero de 2012

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