Yo recuerdo exactamente cuando comencé a convertirme en un revolucionario. Fue un día de invierno muy frío, en que un compañero de la escuela primaria se cayó casi congelado en la puerta del edificio donde estaban las aulas. Yo tendría 8 ó 9 años. Vi que ese chico tenía solo el guardapolvo escolar encima de una camisa rotosa. De pronto sentí una profunda vergüenza por mis ropas abrigadas, por mis zapatos y medias de lana. Sentí como si yo le hubiese quitado la ropa a ese chico. Su frío fue para mí un sufrimiento concreto. Sus manos y su cara morada y sus articulaciones rígidas me espantaron como la misma muerte. “Todos somos iguales ante la ley”, decía la maestra. Recuerdo que por esa fecha me empezó a parecer estúpido ser iguales para la ley, y no estar igualmente abrigados para aguantar el frío que era un problema mucho más inmediato y concreto. “Los argentinos somos ricos porque la Argentina es un país riquísimo” seguía diciendo la maestra y citaba largas listas de producción de trigo, carne, azúcar y ventajosas ubicaciones en los rankings de producción en los países del mundo. Sin embargo yo conocía compañeros que no comían nada antes de caminar los cinco kilómetros que los separaban de la escuela, y que aguantaban el hambre hasta la tarde con una batata asada que les daban sus padres al salir de su casa. Esos padres trabajaban cultivando enormes trigales y cuidando centenares de vacas y no tenían más que una batata para darle a sus hijos. La riqueza estaba allí, sin ninguna duda, pero los que la creaban con su trabajo no eran tan ricos como decía la maestra.

Juan Julio “Iván” Roqué
fragmento de una carta a sus hijos

Juan Julio Roqué (uno de los cuadros político-militares más destacados de Montoneros), nacido en Córdoba,  escribió esta carta a sus hijos el día que tuvo que pasar a la clandestinidad y pidió que les sea leída en caso que muriese en combate, como efectivamente sucedió. Docente secundario, Licenciado en Ciencias de la Comunicación y rector de un colegio de enseñanza media, describe al inicio del fragmento que se reproduce más arriba una escena impensada en la Argentina de hoy: Un niño de buena familia, con todos los cuidados y posibilidades en la vida descubre (en un colegio del Estado) que tiene compañeros que no son como él. Puede ver al Otro, palpar su sufrimiento, reconocerlo, sentirlo brutalmente en esa escena primigenia del chico desmayado de frío y hambre ante sus ojos.

La Grieta: Hoy esa escena sería impensada; hoy un Juan Julio Roqué asistiría a una escuela privada y costosa donde se preparan los triunfadores del mañana, sus compañeros vendrían del mismo tipo de familia que la suya e irían a los mismos lugares y compartirían todas las costumbres propias de su clase sin rozarse jamás con el Otro, el escaso de ropas y mal comido; a ese la vida le tiene destinado –en el mejor de los casos- una escuela pública devaluada y careciente de todo en la periferia de la urbe, donde los maestros son a su vez cocineros, asistentes sociales y contenedores de los más diversos dramas: Padres ausentes o alcohólicos, violencia familiar, etc.

Esta formación actual en clave de gens es el verdadero origen de la mentada grieta; cuando no se conocen otros realidades el Otro es el enemigo, el que viene a alterar con su malestar mi bienestar, el destinado entonces a los bastones de la policía (o a ser su ente recaudador vía robos hasta que “quemados” y sin más nada que dar un oportuno “enfrentamiento” silenciará para siempre), al infierno carcelario, a los barrios de la periferia que cada vez son más bantustanes segregados que lugares para vivir, donde el narco recluta su mano de obra barata a falta de otras opciones.

Toda masacre –de alta o baja intensidad- empieza indefectiblemente por la estigmatización: “cucarachas tutsis” en Ruanda, “judíos usureros” en el Tercer Reich, “negros planeros y faloperos” acá; se amplifica en forma agobiante en todos los medios, se agita con todos los prejuicios disponibles a mano (reales o no) y tendrá servido a la mesa el mejor cóctel para saborear la muerte del que ya no es humano, apenas un término despectivo, una molestia a barrer lo más pronto posible, si total ya antes fue barrido de toda condición humana.

Pier Paolo Pasolini, -genial cineasta, marxista, gay- publicó en los inicios de la década del ‘70 dos inquietantes artículos en Il Corriere de la Sera (Dos modestas proposiciones para eliminar la criminalidad en Italia y Mis proposiciones sobre la escuela y la televisión) antes de su muerte que de alguna manera anticiparon y explicaron su asesinato a manos del adolescente marginal Giuseppe Pelosi (nota personal del autor de este blog: cuanto imbécil hoy la juega de “rupturista” por postear algo políticamente incorrecto en Twitter teniendo a este gigante que sí fue un auténtico revulsivo); transcribimos algunos párrafos, donde dice Italia o italianos ponga Argentina o argentinos:

“¿Qué es lo que transformó a los proletarios y subproletarios italianos substancialmente en pequeño burgueses, devorados además por las ganas de serlo también económicamente? ¿Qué es lo que transformó las “masas” de jóvenes en “masas” de criminaloides? Lo he dicho y repetido más de una decena de veces: una “segunda” revolución industrial, que en Italia es la “primera”; el consumismo, que ha destruido cínicamente un mundo “real”, transformándolo en una irrealidad total, en la que ya no hay elección posible entre el bien y el mal. De ahí la ambigüedad que caracteriza a los criminales, así como su ferocidad, producto de la falta absoluta de cualquier tipo de conflicto interior tradicional. Para ellos no hay elección entre el bien y el mal; aunque de todos modos ha habido una elección: se ha optado por el endurecimiento, por la ausencia total de piedad.

En Italia se lamenta la falta de una eficacia policiaca moderna contra la delincuencia. Lo que yo lamentaría, sobre todo, es la falta de una consciencia informada acerca de todo esto y la supervivencia de una retórica progresista que ya no tiene nada que ver con la realidad. Hoy hay que ser progresistas de otro modo, inventar una nueva manera de ser libres: sobre todo al juzgar, precisamente, a quienes han optado por no tener piedad. Hay que aceptar de una vez para siempre el fracaso de la tolerancia, que ha sido, por supuesto, una falsa tolerancia, y una de las causas más importantes de la degeneración de las masas de jóvenes. En definitiva, a la hora de juzgar hay que comportarse en consecuencia y no a priori -ese a priori progresista válido hasta hace unos diez años-.

(…) La escuela obligatoria es una escuela de iniciación a la calidad de vida burguesa: se enseñan cosas inútiles, estúpidas, falsas, moralistas, incluso en el mejor de los casos –es decir, cuando se invita aduladoramente a aplicar la falsa democraticidad de la autogestión, de la descentralización, etcétera: un lío enorme-. Además, una noción sólo es dinámica si incorpora su propio despliegue y profundización: aprender un poco de historia tiene sentido sólo si se proyecta hacia el futuro la posibilidad de una cultura histórica real. De lo contrario las nociones se marchitan, al carecer de futuro nacen muertas, y su función no es otra, pues, que la de crear, en su conjunto, un pequeño burgués esclavo en lugar de un proletario o subproletario libre –es decir, perteneciente a otra cultura que le deja virgen para entender ocasionalmente nuevas cosas reales, mientras está muy claro que el que ha pasado por la escuela obligatoria está prisionero de su ínfimo círculo de saber y se escandaliza ante cualquier novedad-.

(…) En cuanto a la televisión, no quiero añadir más: lo que acabo de decir sobre la escuela obligatoria se multiplica infinitamente con la televisión, puesto que no se trata de una enseñanza sino de un “ejemplo”. Es decir: la televisión no propone “modelos” sino que los representa. Y si los modelos son esos, ¿cómo se puede pretender que la juventud más expuesta e indefensa no sea criminaloide o criminal? Ha sido la televisión la que prácticamente –no es más que un medio-, ha puesto fin a la era de la piedad y ha empezado la era del hedonismo. Una era en la que unos jóvenes a la vez presuntuosos y frustrados a causa de la estupidez y la inalcanzabilidad de los modelos que les proponen la escuela y la televisión tienden inexorablemente a ser agresivos hasta la delincuencia o pasivos hasta la infelicidad –que no es una culpa menor-“.

Notas:

1- Para conocer más acerca de la vida de Juan Julio Roqué recomiendo ver el documental realizado por su hija María Inés, Papá Iván.

2- Para acercarse  a la obra de Pier Paolo Pasolini ir a este enlace

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