Hasta siempre Comandante

Vengo de un país allá lejano en el tiempo donde la camiseta número 10 era solo propiedad de los elegidos. Era el que “jugaba bien”, el mejor de todos, en la calle del barrio, en la canchita a la vuelta de casa o en la soñada cancha de once.

Vengo de un país allá lejano en el tiempo donde se le gritaba “¡Burro!” a un rechazador serial de pelotas a ningún destino pero alejándola del área propia o a lo sumo, si era de nuestro equipo, recibía un resignado silencio de “Y bue, viste, es así”.

Vengo de un país allá tan pero tan alejado en el tiempo donde los caños, tacos, sombreros y pisadas eran vistos como normales si el feliz perpetrador de las hoy tamañas herejías llevaba la 10. Es más, entre otras cosas como ganar era por lo que se concurría al estadio.

Vengo de un país tan raro donde al 10 se le permitían dispensas que a otros jugadores no: Podía desaparecer un rato del partido o mostrarse pachorriento porque todos sabíamos que en un instante, en un rapto, podía gambetear a tres rivales y clavarla en el ángulo o a lo mejor solo acariciar el esférico para la entrada de un compañero sin marcas, el “tomá y hacélo”.

Tal era la rareza de mi país que no pasaba por la mente de nadie que el feliz poseedor de la 10 marcase o corriese a alguien. Si los rivales se tenían que preocupar por él mirá si se tenia que preocupar por los otros…

Lo admito, soy de otra generación: Los únicos corredores admirados eran los punteros –especie ya extinta hace unas décadas-, esos que iban pegados a la raya y toda la platea de ese lado se ponía de pie porque se olfateaba la llegada al fondo y el centro atrás de la muerte.

Y mi generación se transformó en mendiga: De un caño, de un sombrero, de un cambio de frente de 40 metros y al pié del compañero, de un tiro libre con el chanfle perfecto que la veías en el aire a la pelota y se preanunciaba el gol. Hasta en las palabras soy de otra generación: Ahora es rosca, no chanfle.

Y los mendigos del fútbol asistimos domingo tras domingo a lo que no nos van a dar; como el desarrapado que le pide una moneda al conductor de un Mercedes Benz nos cierran la ventanilla en la cara y nos ofrecen nada, que es ese compendio de rechazos con destino Júpiter, gestos tribuneros, pases que se erran estando el próximo de la misma camiseta a no más de 3 metros, remates al arco que los suele agarrar la doña que vive detrás de la cancha, goles en contra del rival festejados grotescamente como si hubiesen sido  producto de una genialidad propia, números 5 que no quitan ni distribuyen, arqueros que no saben lo que es retener una pelota, centro-delanteros que no cabecean… Y la número 10, que ya no significa nada.

El último ejemplar existente en todo el planeta Tierra se va y con él se cierra una época de ese hermoso deporte llamado fútbol. Quedarán los hábiles declarantes, los besadores de camisetas, los conocidos más por sus andanzas fuera de la cancha, los rechazadores, los corredores de la nada, los obedientes, los que no se salen del libreto ni bajo amenaza de muerte. Y también quedarán los aplaudidores de tamañas desgracias disfrazadas como eficacia y simpleza.

Chau Genio, hasta siempre.

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