Queríamos tanto a Julio…

Hace 25 años que se me fue Julio Cortázar, y pocas veces puedo decir de alguien al que no conozco que se fue como si fuera un familiar o un amigo. Yo me hice su amigo leyéndolo en mi tardía adolescencia, cuando su nombre empezaba a dejar de ser palabra prohibida aquí; no voy a hacer un repaso de su obra, otros mas expertos lo harán con mayor cuidado y conocimiento, pero sí puedo decir que escribió el que para mí es el cuento perfecto, “El Perseguidor” (el otro es “Esa Mujer”, de Rodolfo Walsh).

Regresó en aquel lejano Diciembre del ‘83, para despedirse de sus raíces y seguramente para ver el comienzo de la recuperada democracia, pero sufrió la canallada de no ser invitado a la recepción a los intelectuales que organizó el Dr. Raúl Alfonsín. Este es un extracto de la crónica de aquel suceso, relatado por Hugo Montero en la revista Sudestada:

“Su presencia, gigante y conmovedora, y su compromiso inquebrantable con el socialismo, con Cuba y con Nicaragua, no eran elementos demasiado bien vistos para ciertos personajes de quinta categoría, instalados en el nuevo gobierno democrático. Mientras Cortázar paseaba por Buenos Aires, el entonces presidente electo Raúl Alfonsín organizó una recepción formal con numerosos intelectuales en un acto de reafirmación de los principios democráticos. No faltaron allí esos intelectuales, los de extraño doble discurso, los que elogiaron los uniformes primero y se acomodaron rápido después, sobre la hora. Allí no estuvo Cortázar porque no fue invitado, pero él quería ir, sentía que tenía que estar. Según el escritor Miguel Briante, el organizador central del evento tenía el número telefónico de Cortázar, pero optó por no llamar.

En ese sentido, (Osvaldo) Soriano relató que “Julio no pidió la entrevista, pero le parecía interesante equilibrar o contrarrestar la presencia de los Sábato y de los extremadamente moderados en el gobierno, o gente que había estado durante la dictadura. La idea era que alguien que había estado afuera, en el centro de la famosa campaña anti-argentina, pudiera ser recibido por el flamante Presidente como señal de que esto iba a ser una cosa abierta. De ahí el fuerte significado político de ese episodio”. La historia confirmaría que la cosa no iba camino a ser “muy abierta” como se decía, y por eso la ausencia de Cortázar fue un síntoma elocuente del futuro próximo.

Su amigo Hipólito Solari Irigoyen fue el encargado de confirmarle, avergonzado, que no había conseguido la audiencia. “No es nada hombre, visita más visita menos, lo que quisiera es que le fuera bien, que maneje bien el gobierno...”, cuentan que fue la respuesta de Julio, pocas horas antes de su partida definitiva. Quién sabe, después de todo Cortázar zafó de tener que darle la mano al hombre que tiempo después firmaría los decretos de Punto Final y Obediencia Debida; y ese frustrado encuentro actúa hoy como violento contraste entre el nombre de un escritor que perduraría en el tiempo por su coherencia ideológica, por su compromiso político y por su inasible talento; y el nombre de un político radical que, en cambio, apenas perdura (como si hubiera algún mérito en ello).

La indiferencia arrogante en el trato con Cortázar desde el poder político argentino fue una pose bien estudiada por ese entonces. Ya el 12 de febrero de 1984, una vez conocida la muerte del escritor argentino en París, el gobierno de Alfonsín envió una miserable esquela, 24 horas más tarde y con una lacónica frase de compromiso: “Exprésole hondo pesar ante pérdida exponente genuino de la cultura y las letras argentinas”. “El entierro fue tristísimo. Un frío polar y un solcito que algún piadoso dios pagano hizo filtrar entre las ramas, como para que el cronopio mayor se fuera bajo una imagen bonaerense”, sintetizó Javier Fernández, en una carta enviada al librero Héctor Yánover. Al entierro del escritor, de parte de la embajada argentina “mandaron al portero”, señaló irónico Miguel Briante. Así, en una ceremonia fría, humilde en forma extrema, Cortázar era enterrado en suelo francés”.

Adelante radicales…vayan con Aguinis que ese sí es un demócrata. Pero no quiero que termine así el post, se lo dejo al propio Julio:

“El Futuro”

Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle, en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado, ni en el gesto
de elegir el menú, ni en la sonrisa
que alivia los completos en los subtes,
ni en los libros prestados ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes o una blusa.
Me enojaré, amor mío, sin que sea por ti,
y compraré bombones pero no para ti,
me pararé en la esquina a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré los sueños que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles y de puentes.
No estarás para nada, no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti pensaré un pensamiento
que oscuramente trata de acordarse de ti.

(del libro “Salvo el crepúsculo”, Buenos Aires, Ed. Alfaguara, 1996)

1 comentarios:

Clandestina dijo...

Imposible evitar el lagrimón escapado del pasado y del futuro fundidos en este ahora.

Algo que no puedo definir en el relato de este post - su melancolía, cierto clima de anticipación de lo que vendría y no sabíamos, pero sí- me llevó hasta una orilla que se resiste a cambiar su paisaje contradiciendo al paciente trabajo del oleaje que viene y va, sin parar.

Gracias por este aguijoneo. Muy interesante el blog

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