El síndrome de la historia circular

Nuestro país sufre de lo que llamo «la historia circular»; temas que nunca se dan por finalizados y susceptibles de ser revisado una y otra vez, así hayan pasado décadas de los acontecimientos. En Alemania, aún hoy se siguen persiguiendo a los criminales de guerra nazis y ese es un consenso unitario sobre el que nadie (mas allá de los pequeños y lunáticos grupos skinheads y algún escritor revisionista) propone «dejar de humillar a las FFAA» o «terminar con los rencores del pasado»; menos que menos se alzan voces para reivindicar el accionar del Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei. He ahí una nación que ha logrado el consenso en las 3 ó 4 cosas que le interesan a la gente, es decir, se parte de aceptar la responsabilidad colectiva en la tragedia, haciendo el doloroso y respectivo mea culpa del negatorio “yo no sabía nada” para luego accionar judicialmente contra los matarifes de la maquinaria de guerra y exterminio nazi, para nunca mas repetir la experiencia devastadora de las SS.

Todo esto viene a cuento sobre el análisis de la bête noir de la política argentina, el peronismo; en amplios sectores de las capas medias hay un deseo apenas oculto que algún día o alguien logrará terminar de la noche a la mañana con el gigante invertebrado. Y no es precisamente un deseo civilizado, que se termine en términos políticos, es decir, porque sea superado dialécticamente por otra fuerza que recoja lo mejor de su tradición sin sus aristas apto para todo servicio, sino algo mucho mas terrible, que es ni mas ni menos que la desaparición violenta de la negrada. Claro, como todo deseo que corta la cabeza de la hidra, se solapa en pliegues mas o menos genéricos, no otra cosa son los pedidos de cárcel para la familia Kirchner una vez alejados del poder; ya están preparando el nuevo buque Granaderos tanto para ellos como para ciertos miembros del gabinete y otras figuras notorias. Ese pretendido encarcelamiento -para quien esto escribe al menos- encubre en su simbología el deseo de encarcelar con ellos a sus votantes, darles una dura lección como diciendo ojo con lo que ponen la próxima vez en el cuarto oscuro que van a terminar así. Es claro que eso va dirigido a los peronistas malos; a los peronistas buenos hijos del establishment, como Reutemann, De Narváez o Solá, siempre les estará franqueada la puerta de palacio.

También, a su manera, ciertos «camaradas» de la izquierda tienen esta misma visión, con la salvedad que no quisieran aniquilar a la negrada (supuestamente el sujeto de la Revolución); después de más de 60 años de fundado el peronismo, todavía se discute si es bonapartista, pequeño burgués, conservador popular, etc (y se les va la vida y los años en esto). La única conclusión que sacan, en definitiva, es que por culpa del peronismo los obreros no son de izquierda, triste atajo y demostrador per se de su vagancia ideológica, pereza militante y osificación del pensamiento. Si el accionar se reduce cual evangelista pentecostal a decir ¡Todos los males se esfumarán a partir de la Revolución Socialista y la expropiación de los medios de producción!, el hombre de a pié, el trabajador, se preguntara (y con razón) que mientras tanto eso tan maravilloso se produzca él tiene una vida que vivir, donde hay cosas tan profanas como bañarse con agua potable, tener cloacas, una vivienda digna y acceso a la educación; es fácil decir que hay que esperar cuando se tiene la certeza que a uno no le va a tocar el carecer de lo mínimo para la subsistencia. Siempre me pregunte como puede convivir la contradicción en decir esto (¡espera hermano obrero el luminoso porvenir socialista!) y, a su vez, presentarse a elecciones dentro de la democracia burguesa; supongamos por un momento que el Partido Obrero gana las elecciones para intendente en La Matanza...¿Qué respuesta le darían a la gente cuándo vayan a reclamar por más asfaltos, cloacas, etc? ¿Que no se puede hacer nada con $1,75 diarios por habitante? ¿Que hay que esperar a tomar el poder general del país? ¿Que el gobierno burgués en la Presidencia es el culpable de todo? Los rajan a patadas en un minuto. Y no estarían pidiendo nada raro que nuestro país no pueda ofrecer cambiando ciertos paradigmas; esta es una nación empobrecida, no pobre.

Estos deseos me llevan una y otra vez a pensar en septiembre de 1955, el inicio de la Gran Tragedia Argentina; estimado lector, en especial si usted es un indigneitor serial que llama a las radios para que renuncien los montoneros que nos gobiernan, de la Unión Cívica Alvear, de la derecha dis-que-liberal o simple lorito repetidor del credo librecambista, ¿Me podría explicar serenamente y con fundamentos el odio irracional y el revanchismo de clase que dejó un un tendal de 300 masacrados en la Plaza y 18 años inútiles de sangre y lágrimas tratando de hacer cumplir el infame decreto 4161 y que hoy quisieran repetir pero no se animan a decirlo en voz alta?. Trasladémonos a los índices de la época:

  • Participación de los asalariados en el 50% de la renta nacional
  • Prácticamente pleno empleo
  • Inseguridad casi inexistente
  • Educación y salud pública de calidad y al alcance de todos
  • Deuda externa a niveles de un país escandinavo
  • Deportes, recreación y vacaciones para todos los bolsillos
  • Ley de Divorcio
  • Voto femenino
  • Movilidad social (mi hijo el dotor)
  • Tecnología nacional de punta, admirada hasta en países por los que hoy seguro se les cae la baba, como Holanda (¿O que otra cosa era el Pulqui?)
  • Para los que claman por inversiones extranjeras...¡horror!, hasta se había firmado un contrato con la California (Standard Oil)

¿No era este un país del primer mundo por entonces? ¿el país que ustedes sueñan? Vuestro tan admirado Brasil por aquellos años todavía estaba tratando de terminar efectivamente con la esclavitud; claro, nuestros vecinos tuvieron cierta fortuna después en no poseer una burguesía ciega, irracional y profundamente anti-nacional como la nuestra. (así y todo, Brasil sigue siendo Belindia hasta nuestro días).

Y no, aunque quisiesen no podrían dar una respuesta, seguramente traducirían los argumentos de hoy al ayer, el «avasallamiento a las instituciones» sería reemplazado por «¡Nos obligaban a leer La Razón de mi Vida!», Lo de la «conchuda montonera» por «la cabaretera puta juntada con Perón», etc.

Pura irracionalidad, una y otra vez, ayer hoy y muy posiblemente mañana, como un círculo de hierro maldito; hasta da gracia pensar que aún hoy Perón sea calificado de fascista a ambos lados del espectro ideológico. Lo digo, aunque se enojen de todos lados: Pocho fue el burgués más brillante que dio este país, demasiado brillante para que el medio pelo y sus mandantes lo entendieran; nunca quiso ninguna revolución (su huida al Paraguay lo certifica, ¿Que líder auténticamente revolucionario abandonaría a los suyos?), siempre fue un hombre de orden, del orden capitalista. Pero a la irracionalidad no se le puede pedir que entienda algo tan sencillo como aquel discurso en la Bolsa de Comercio en el año ’44, del que me permito extraer unos párrafos:

«(...) Pienso que el problema se resuelve de una sola manera: obrando conscientemente para buscar una perfecta regulación entre las clases trabajadoras, medias y capitalistas, procurando una armonización perfecta de fuerzas, donde la riqueza no se vea perjudicada, propendiendo por todos los medios a crear un bienestar social, sin el cual la fortuna es un verdadero fenómeno de espejismo que puede romperse de un momento a otro. Una riqueza sin estabilidad social puede ser poderosa, pero será siempre frágil, y ese es el peligro que, viéndolo, trata de evitar por todos los medios la Secretaría de Trabajo y Previsión»

Notable, estimados repúblicos, ¿no? ¿No es esto mismo lo que ustedes quisieran lograr?. Sigamos

«(...) Las masas obreras que no han sido organizadas presentan un panorama peligroso, porque la masa más peligrosa, sin duda, es la inorgánica (...) esas masas inorgánicas, abandonadas, sin una cultura general, sin una cultura política, eran un medio de cultivo para esos agitadores profesionales extranjeros. Para hacer desaparecer de la masa ese grave peligro, no existen más que tres caminos, o tres soluciones: primero, engañar a las masas con promesas o con la esperanza de leyes que vendrán, pero que nunca llegan; segundo, someterlas por la fuerza; pero estas dos soluciones, señores, llevan a posponer los problemas, jamás a resolverlos. Hay una sola forma de resolver el problema de la agitación de las masas y ella es la verdadera justicia social, en la medida de todo aquello que sea posible a la riqueza de su país y su propia economía, ya que el bienestar de las clases dirigentes y de las clases obreras está siempre en razón directa de la economía nacional. Ir más allá es marchar hacia un cataclismo económico; quedarse muy acá es marchar hacia un cataclismo social»

¡Epa!, ¿Pueden observar que poco entendieron, entienden y, por lo visto, entenderán de política en una democracia burguesa, estimados Alvearistas?. Y vamos al remate, algo a lo que deberían prestar atención a partir del 2011, cuando (ya que Dios no existe) ustedes sean gobierno:

«(...) ¿Cuál es el problema que a la República Argentina debe preocuparle sobre todos los demás? Un cataclismo social en la República Argentina haría inútil cualquier posesión de bienes (...) Pienso cuál será la situación de la Argentina al terminar la guerra, cuando dentro de nuestro territorio se produzca una paralización y probablemente una desocupación extraordinaria (NdA: que ustedes parecerían querer con la vuelta al FMI, anulación de retenciones y el retorno a las políticas de los ’90) (...) No hay que olvidarse que en nuestro territorio hay hombres que ganaban veinte centavos diarios (...) En este momento, hay industriales que pueden ganar hasta el mil por ciento. En España se explicó la guerra civil. ¿Qué no se explicaría aquí si nuestras masas de criollos no fuesen todo lo buenas, obedientes y sufridas que son? (...) Por eso, hay que suprimir la causa de la agitación: la injusticia social. Es necesario dar a los obreros lo que estos merecen por su trabajo y lo que necesitan para vivir dignamente, a lo que ningún hombre de buenos sentimientos puede oponerse, pasando a ser este más un problema humano y cristiano que legal. Es necesario saber dar un treinta por ciento a tiempo que perder todo a posteriori».

Este gobierno de Cristina Fernández, al igual que el anterior, no se propone hacer otra cosa que lo descripto más arriba, con todas sus limitaciones, sus decisiones de mesa chica y, sobre todo, con otra realidad social y con un país que anda tímidamente en muletas luego de décadas de saqueo a sus recursos y destrucción de su aparato productivo industrial, que es el verdadero generador de empleo. Es un gobierno peronista que sólo quiere reeditar el fundante del mito, “una perfecta regulación entre las clases trabajadoras, medias y capitalistas”. Las instituciones avasalladas por el kirchnerismo, como a ustedes les gusta decir a falta de un Plan de Gobierno propio, son nada sin contenido, no existen sin gente que se sienta parte de la cosa pública, no significan nada para nadie, cuidado.

No se pueden volver a quemar colchones en nombre de la libertad y las instituciones.

No se puede volver al Luna Park para ver perder a Gatica; el knock-out del Mono los arrastrará a ustedes también.

Y se tendrán que hacer cargo cuando suene el gong.

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